Ejercicios de estilo Queneau

Publicado el 1 enero 2014
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EJERCICIOS DE ESTILO

Notaciones
Por partida doble
Li?totes
Metafo?ricamente Retro?grado
Sorpresas
Suen?o
Pronosticaciones
Si?nquisis
Arco iris
Logo-rallye
Vacilaciones
Precisiones
Punto de vista subjetivo Otro punto de vista subjetivo Relato
Palabras compuestas Negatividades
Animismo
Anagramas
Distinguo,
Homeoteleutones
Carta oficial
Propaganda editorial Onomatopeyas
Ana?lisis lo?gico
Insistencia
Ignorancia
Prete?rito perfecto
Presente
Prete?rito indefinido Imperfecto
Alejandrinos
Polipto?tones

Afe?resis Apo?copes Si?ncopas
Yo ya Exclamaciones Entonces Ampuloso Vulgar Interrogatorio Comedia Apartes Parequesis Fantasmago?rico Filoso?fico Apo?strofe Torpe Desenvuelto Parcial

Soneto
Olfativo
Gustativo
Ta?ctil
Visual
Auditivo
Telegra?fico
Oda
Permutaciones por grupos crecientes de letras Permutaciones por grupos crecientes de palabras Helenismos

Conjuntos Definiciones Tanka

Versos libres Translacio?n Lipograma Anglicismos Pro?stesis
Epe?ntesis Paragoges
Partes de la oracio?n Meta?tesis

Por delante por detra?s Nombres propios Pasota
Ticon tila titi Antoni?mico

Lati?n macarro?nico Homofo?nico Galicismos
Paraloss Englaysays Contre-petteries Bota?nico

Me?dico Injurioso Gastrono?mico Zoolo?gico Impotente Modern style Probabilista Retrato Geome?trico Paleto Interjecciones Amanerado Inesperado

EJERCICIOS DE ESTILO Raymond Queneau

Versio?n y estudio introductorio de Antonio Ferna?ndez Ferrer SEXTA EDICIO?N
I?NDICE

Introduccio?n
ANEXO: Ejercicios de estilo posibles

Introduccio?n

Dedico mi parte en este libro a alguien que se llama, aplicando un S+n, “Zurin?e» …et a? ceux qui nourris de litte?rature et de musique sont morts de faim.

A. F. F.

En el caso del libro que en e:¡te preciso momento comienzo a prologar… y que tu?, lector, deberi?as haber empezado no antes de la pa?gina 49…, pero me temo que, siguiendo la costumbre, acabas de iniciar la lectura a partir de esta misma introduccio?n, lo cual me lleva a interrumpirte con la primera nota a pie de pa?gina1.

En el caso de esta obra, deci?a, cuyo verdadero pro?logo comienza ahora, no puede afirmarse, como lo hace el comienzo del conocido relato evange?lico, que en el principio fue el verbo (o, mejor, la palabra, que es traduccio?n ma?s llevadera en castellano), pues en el origen de Ejercicios de estilo fue la mu?sica. Asi? lo cuenta el propio Queneau al iniciar la introduccio?n que escribio? para la edicio?n ilustrada por Carelman y Massin:

En una entrevista con Jacques Bens, Michel Leiris recuerda que «en el transcurso de los an?os treinta, estuvimos escuchando juntos (Michel Leiris y yo) en la sala Pleyel un concierto en el que se interpretaba el Arte de la Fuga. Me acuerdo que lo seguimos muy apasionadamente y que, al salir, nos dijimos que seri?a muy interesante hacer algo de ese tipo en el plano literario (considerando la obra de Bach, no desde el a?ngulo del contrapunto y fuga, sino como construccio?n de una obra por medio de variaciones que proliferaran hasta el infinito en torno a un tema bastante nimio)».

En efecto, fue acorda?ndome de Bach muy conscientemente como escribi? Ejercicios de Estilo, y muy en especial de esa sesio?n de la sala Pleyel; pero, ¿era, seguro, antes de la guerra? En cualquier caso, fue en mayo del 42 cuando compuse los doce primeros (que, adema?s, han quedado como los doce primeros del libro); pensaba limitarme a eso y titule? este modesto intento Dodecaedro, porque, como es sabido, ese bello poliedro tiene doce caras. El director de una revista muy distinguida que apareci?a entonces en zona llamada libre y que me habi?a pedido un «texto», me devolvio? el Dodecaedro con aire consternado, incluso diri?a con tristeza, como si hubiese querido jugarle una mala pasada.

Aquello no me impidio? continuar; en agosto del 42, en noviembre del 42, en julio del 44, una docena ma?s se an?adio? a Dodecaedro. En febrero de 1945, La Terre n’est pas une valle?e de larmes, publicacio?n surrealista y belga dirigida por Marcel Marien, publico? nueve de ellos con el ti?tulo Ejercicios de Estilo; una nota deci?a: «El autor piensa, de este modo, “tratar el mismo asunto” —un incidente real, por lo dema?s, y trivial— de un centenar de maneras diferentes. Seguramente esos cien capi?tulos ide?nticos en cuanto al tema no dejara?n de provocar, lei?dos en hilera (sic), algu?n efecto en el lector.» Esta nota la habi?a redactado yo, por supuesto.

En el transcurso de 1945, escribi? otros dieciocho que aparecieron en diciembre del mismo an?o en Fontaine. En resumidas cuentas, en tres an?os, habi?a redactado menos de cincuenta; todo el resto fue liquidado durante el verano de 1946 en Isle-sur-Sorgue. Me detuve en los noventa y nueve, juzgando satisfactoria la cantidad; ni tanto ni tan calvo: el ideal griego, vaya2.

Como es sabido, James Joyce se propuso escribir una obra maestra, la voluminosa novela titulada Ulysses, cin?e?ndose a un solo di?a en la vida del protagonista, un 6 de junio de 1904, un di?a de Dubli?n como otro cualquiera. Queneau parte de asunto au?n ma?s trivial y ajeno a complejidades simbo?licas. Con una ane?cdota nimia, expli?cita ya en el primer texto de la serie («Notations»), construye noventa y nueve variaciones distintas. Como un huevo de Colo?n literario, la idei?ca nos sorprende gratamente con ese don propio de las ocurrencias que cualquiera puede tener, pero que nadie ha pensado.

1 Te recomiendo encarecidamente que, si no lo has hecho ya, leas ahora por lo menos noventa y ocho «ejercicios»; despue?s, volviendo alli? donde estabas cuando esta nota te distrajo, puedes proseguir, sin ma?s tropiezos, la lectura del pro?logo.
2 R. Queneau, «Pre?face», Exercices de style; avec 45 exercices parale?!les dessine?s, peints et sculpte?s par Carelman, et de 99 exercices de style typographiques de Massin, Pari?s, Gallimard, 1963, pa?gs. 9-10.

Aparte de la inspiracio?n musical que provoco? tan curiosa obra, Queneau contaba con algu?n ejemplo cla?sico. Sin ir ma?s lejos, en la literatura francesa decimono?nica, la re?plica de Cyrano de Bergerac cuando, en el archifamoso drama de Edmond Rostand, contesta airosamente al vizconde que se ha burlado, de manera excesivamente pedestre, de la «muy gran nariz» del protagonista:

Eso es muy corto, joven; yo os abono
que podi?ais variar bastante el tono.
Por ejemplo: Agresivo: «Si en mi cara tuviese tal nariz, me la amputara.» Amistoso: «¿Se ban?a en vuestro vaso
al beber, o un embudo usa?is al caso?» Descriptivo: «¿Es un cabo? ¿Una escollera? Mas ¿que? digo? ¡Si es una cordillera!» Curioso: «¿De que? os sirve ese accesorio? ¿De alacena, de caja o de escritorio?» Burlo?n: «¿Tanto a los pa?jaros ama?is,

que en el rostro una alca?ndara les dais?» Brutal: «¿Pode?is fumar sin que el vecino —¡Fuego en la chimenea!— grite?»
Fino: «Para colgar las capas y sombreros esa percha muy u?til ha de seros.» Soli?cito: «Compradle una sombrilla:

el sol ardiente su color mancilla.»
Previsor: «Tal nariz es un exceso:
buscad a la cabeza contrapeso.» Drama?tico: «Evitad rin?as y enojo:
si os llegara a sangrar, diera un Mar Rojo.» Enfa?tico: «¡Oh nariz!… ¿Que? vendaval

te podri?a resfriar? So?lo el mistral.» Pedantesco: «Aristo?fanes no cita
ma?s que a un ser so?lo que con vos compita en ostentar nariz de tanto vuelo:
el Hipocampelephantocamelo.» Respetuoso: «Sen?or, be?soos la mano: digna es vuestra nariz de un soberano.» Ingenuo: «¿De que? hazan?a o que? portento en memoria, se alzo? este monumento?» Lisonjero: «Nariz como la vuestra
es para un perfumista lista muestra.» Li?rico: «¿Es una concha? ¿Sois trito?n?» Ru?stico: «¿Eso es nariz o es un melo?n?» Militar: «Si a un castillo se acomete, aprontad la nariz: ¡terrible ariete!»
Pra?ctico: «¿La pone?is en loteri?a?
¡El premio gordo esa nariz seri?a!»
Y finalmente, a Pi?ramo imitando: «¡Malhadada nariz, que, perturbando
del rostro de tu duen?o la armoni?a,
te sonroja tu propia villani?a!»3.

De entrada, y aun en la lectura menos atenta, Ejercicios de estilo resulta radicalmente distinto de una obra literaria convencional. Nada ma?s absurdo que tratar de encuadrarlo dentro de los ge?neros literarios tradicionales, pues, como su mismo ti?tulo indica, se nos presenta como una especie de «pre» o «para-literatura». Recuerda aquellos libros de antan?o sobre el «arte de escribir», que constitui?an verdaderos recetarios de estili?stica y, en este sentido, podemos considerar la obra como una parodia

3 Edmundo Rostand, Cyrano de Bergerac, tragicomedia en cinco actos, en verso, traducida por Luis Vi?a, Jose? O. Marti? y Emilio Tintorer, Barcelona, Imprenta «La Renaixensa», 1899, pa?gs. 32-33. Los cuatro u?ltimos versos de la cita son una parodia del drama Pyrame et Thisbe? (1617), de The?ophile de Viau.

de los tratados sobre el tema. No es extran?o, por lo tanto, que se juegue con el cara?cter te?cnico de la terminologi?a al utilizar algunos de los terminachos ma?s especializados y pintorescos de la jerga reto?rica cla?sica. Ejercicios de estilo se situ?a, o finge situarse, en una especie de tierra de nadie, entre la teori?a y la pra?ctica literarias, da?ndonos la impresio?n de que ha sido confeccionado teniendo en cuenta los capi?tulos de un manual de estili?stica o como ejercicios ana?logos a los progimnasmas4, las pra?cticas de la ensen?anza reto?rica cla?sica. Precisamente por ello, cobra una relevancia especial el texto titulado «Maladroit» («Torpe»), al tratarse de un ejercicio en el que se ironiza sobre el propio «arte de escribir».

Sin embargo, pese a ser importante en el conjunto de la obra, la utilizacio?n de conceptos y procedimientos de la Reto?rica en el sentido ma?s restringido y escolar del te?rmino (li?tote, meta?fora, poliptoton, si?nquisis…) es so?lo una parte. El autor muestra un dominio notable de la disciplina, incluso cuando la entiende a su manera, pero al considerar globalmente Ejercicios de estilo hemos de entender Reto?rica o Estili?stica en su mayor amplitud conceptual, abarcando todo ge?nero de pra?cticas y situaciones discursivas.

Queneau rechaza cualquier esquema previo que pudiera haber presentado los «ejercicios» en agrupaciones tema?ticas, por su complejidad gradual o, simplemente, por orden alfabe?tico. Ni tan siquiera trabaja sobre un mismo fragmento base que genere las distintas transformaciones «estili?sticas», pues, aunque coloca «Notations» en primer te?rmino, ello no significa, de ninguna manera, que se tome este texto como modelo5.

En ocasiones se prefiere el mero juego meca?nico de transformacio?n textual para lograr una sensacio?n de puro disparate. Tenemos, al respecto, los simples tratamientos automa?ticos de adjuncio?n, supresio?n o permutacio?n de letras, morfemas o sintagmas sin especial trasfondo. En «Synchyses», sin ir ma?s lejos, todo el texto esta? trastocado mediante el batiburrillo sinta?ctico —en realidad, una intensificacio?n de la cla?sica mixtura verborum—, sin que interese, en modo alguno, conseguir una significacio?n ma?s alla? del «nonsense». Confrontemos este ejercicio concreto con el uso de la si?nquisis que hace Julio Corta?zar en un texto en el que imagina a las gallinas duen?as del planeta:

Por escrito gallina una

Con lo que pasa es nosotras exaltante. Ra?pidamente del posesionadas mundo estamos hurra. Era un inofensivo aparentemente cohete lanzado Can?averal americano Cabo por los desde. Razones se desconocidas por o?rbita de la desvio?, y probablemente algo al rozar invisible la tierra devolvio? a. Cresta nos callo? en la paf, y mutacio?n golpe entramos de. Ra?pidamente la multiplicar aprendiendo de tabla estamos, dotadas muy literatura para la somos de historia, qui?mica menos un poco, desastre ahora hasta deportes no importa pero: de sera? gallinas cosmos el, carajo que?6.

4 Sobre estos «ejercicios preparatorios» de la Reto?rica cla?sica se ha conservado el tratado de Hermo?genes (siglo II), ve?ase la edicio?n de Hugo Rabe en Hermogenis Opera, Leipzig, B. G. Teubner, 1913, pa?gs. 1-27. La obrita de Hermo?genes fue traducida al lati?n por el famoso grama?tico Prisciano (siglo VI), convirtie?ndose en el texto escolar ba?sico con el ti?tulo de Praeexercitamina rhetorica (ve?anse las ediciones de H. Keil en el volumen III de Grammatici Latini, Leipzig, B. G. Teubner, 1860, pa?gs. 430-440 y de K. Halm en Rhetores Latini Minores, i?d., 1863, pa?gs 551-560).
En cuanto a las estili?sticas y «artes de escribir», en el an?o 1947, por citar la fecha en que aparece Exercices de style, se publica el libro de Marcel Cressot, Le style et ses techniques. Pre?cis d’analyse stylistique, Pari?s, Presses Universitaires de France, y la trige?simo segunda edicio?n (la primera es de 1927) del manual de Antoine Albalat, L’art d’e?crire enseigne? en vingt lelc?ons, Pari?s, Armand Colin.
5 En todo caso, como sen?ala Ge?rard Genette, el texto base seri?a «Re?cit» («Relato»): «… la versio?n titulada «Re?cit» puede considerarse sin abusar demasiado, aunque el autor no la presente en modo alguno asi? ni sea la primera por su fecha, como el estado ma?s pro?ximo a un hipote?tico grado cero (exposicio?n del tema) de la variacio?n estili?stica» (G. Genette, Palimpsestes. La litte?rature au second degre?, Pari?s, Editions du Seuil, 1982, pa?g. 133). En este mismo estudio, Genette propone el te?rmino de transestilizacio?n (transtylisation) para bautizar el procedimiento de variacio?n estili?stica en el que se basa Exercices de style, feliz amalgama, en realidad, de parodia tema?tica y pastiche estili?stico, las dos manifestaciones ma?s evidentes de la «hipertextualidad» o literatura en segundo grado.
6 Julio Corta?zar, La vuelta al di?a en ochenta mundos, tomo I, 20a ed., Madrid, Siglo XXI, 1984, pa?g. 170.

En el texto de Corta?zar la si?nquisis construye el sentido del relato, mientras que el ejercicio de Queneau se complace u?nicamente en el efecto de disparate que tiene el uso del artificio por si? mismo, como mero juego perturbador de la comprensio?n del mensaje.

Pero todo no se reduce, ni mucho menos, a estos juegos que pudie?ramos considerar como simples formalismos. Por el contrario, Ejercicios de estilo ofrece un muestrario de los diversos registros comunicativos («Lettre officielle», «Vulgaire», «Paysan»…) con una ironi?a que no perdona nada: desde los vicios de diccio?n, muletillas, errores, hasta los lenguajes te?cnicos o especializados. Por supuesto, tampoco la propia literatura se iba a librar del sarcasmo y llega a parodiarse el propio afa?n escribidor («Maladroit»). A Queneau le divierte sobremanera la burla del lenguaje culto pedante («Ampoule?», «Apostrophe», «Modern style», «Pre?cieux»…) aunque, por lo dema?s, los recursos para la elaboracio?n de los diferentes «ejercicios» son de lo ma?s diverso: a partir de un tema o campo sema?ntico («L’arc-en-ciel», «Visuel»…), de frases hechas, conceptos gramaticales, modalidades poema?ticas, parodias idioma?ticas, etc.

Al cabo, contamos con un muestrario amplio y heteroge?neo que desborda los li?mites de cualquier manual al uso de preceptiva estili?stica. Y el conjunto no se queda en el mero juego o exhibicio?n formalista, pues, por el contrario, tras una lectura deliciosamente reiterativa y provocadora, nos queda la sensacio?n de haber asistido a una visio?n inquietante de la «comedia humana» comunicativa. Con perpleja desazo?n los lectores nos hemos contemplado en un extran?o espejo co?ncavo que nos refleja como un «collage» de discursos, como un entrecruzamiento de «ejercicios de estilo» entre cuya algarabi?a balbuceamos y gesticulamos los que a nosotros mismos nos venimos considerando, no sin paradoja, ciudadanos contempora?neos. Pero antes de seguir comentando otros aspectos de Ejercicios de estilo conviene tratar, aunque sea brevemente, tanto de su autor como de las tareas del «Oulipo», el grupo del cual fue promotor y miembro destacado.

QUENEAU

Raymond Queneau (El Havre, 1903-Pari?s, 1976) se formo?, despue?s de estudiar Filosofi?a, en el surrealismo, relaciona?ndose ma?s estrechamente con el grupo de la «rue du Chateau» (Pre?vert, Tanguy, Duhamel). Tras ejercer de empleado de banca, paso? a trabajar en la editorial Gallimard, de la que fue su secretario general a partir de 1936. Entre otras iniciativas editoriales de importancia, fue creador y director de la Encyclope?die de la Ple?i?ade. Miembro electo de la Academia Goncourt, oficio?, como era de esperar por su talante y obra, de Sa?trapa Trascendente en el Colegio de Patafi?sica.

La personalidad y actividades de Queneau se caracterizan por un ingenio proteico e imaginativo poco comu?n: promotor de toda clase de empresas culturales; letrista de canciones famosas; actor, guionista y realizador cinematogra?fico; traductor; dramaturgo; pintor… sus aportaciones ma?s notables fueron en el terreno de la matema?tica, la poesi?a y la narrativa.

Entre ma?s de quince novelas, citaremos unas cuantas como muestra. Ya en Le Chiendent (1933), su primer libro, se hallan muchos de los temas y maneras de su obra posterior. Una estructura compleja y cuidadi?sima acoge, con la impronta inconfundible de Faulkner o Joyce, meditaciones relacionadas con las filosofi?as de Plato?n, Descartes o Husserl. Che?ne et chien (1937), subtitulada «novela en verso», es una autobiografi?a rimada, modalidad ciertamente nada usual en la narrativa contempora?nea. En Les enfants du Limon (1938), de estructura tan abrupta como su primera novela, Queneau incrusta textos y datos biogra?ficos de «locos literarios» —ma?s tarde los llamara? «hetero?clitos»—. En realidad, se trataba del fruto de sus investigaciones eruditas destinadas a un proyecto

de Enciclopedia de las ciencias inexactas en el que habi?a trabajado, desempolvando estantes de la Biblioteca Nacional, para rescatar peregrinas lucubraciones de pensadores franceses estrambo?ticos del siglo XIX sobre la cuadratura del ci?rculo, Cosmologi?a, Fi?sica, Filologi?a, Historia o Mesianismo. Al no encontrar editor para tan singular antologi?a, decidio? convertirla en novela incluyendo el trabajo como textos recuperados por uno de los personajes, Chambernac, director de un pequen?o liceo provinciano.

On est toujours trop bon avec les femmes (1947), se publico? con el seudo?nimo de Sally Mara —en curioso contraste con el llamativo ti?tulo—, fingiendo tratarse de una traduccio?n realizada por un imaginario Michel Presle, autor, asimismo, de una nota introductoria. Queneau siguio? jugando al apo?crifo en un Journal intime (1950), pretendida autobiografi?a ero?tica de la misma escritora irlandesa.

Pero el autor de Exercices de style (1947) parece buscar, con cada nueva novela, un tipo de lector distinto, en el extremo opuesto de aquellos narradores que parecen desarrollar a lo largo de su produccio?n una sola obra. Por el contrario, cada aportacio?n noveli?stica de Queneau constituye una propuesta singular. Le dimanche de la vie (1952) narra, esta vez de forma absolutamente lineal, la vida sencilla de una pareja en la Francia de entre guerras. Su protagonista, Valentin Bru, personaje de un enigma?tico candor, es un soldado raso que acepta los requerimientos matrimoniales de la mercera Julia, monta una modesta tienda de marcos y llega a ejercer de pitonisa en sustitucio?n de su mujer que, tambie?n ocultamente, habi?a venido realizando tan singular actividad antes de sufrir un ataque de para?lisis.

Zazie dans le me?tro (1959) es, sin duda, la obra ma?s popular de su autor, llevada al cine por Louis Malle y convertida en un aute?ntico e?xito de venta. Con la maestri?a lingu?i?stica que le caracteriza, Queneau relata las correri?as parisinas de una precoz nin?a provinciana que lleva de cra?neo a todo adulto que se encuentra en el camino. En Les Fleurs bleues (1965) Cidrolin, que vive en una gabarra, suen?a ser el duque de Auge y e?ste, a su vez, suen?a que es Cidrolin. Ambos se reu?nen a comer, sin que quede claro cua?l de los dos suen?a que es el otro. El enigma nos recuerda aquella maravillosa historia de Chuang Tzu, rescatada por Herbert Allen Giles a finales del siglo pasado y popularizada por Borges: «Chuang Tzu son?o? que era una mariposa y no sabi?a al despertar si era un hombre que habi?a son?ado ser una mariposa o una mariposa que ahora son?aba ser un hombre.» En la novela de Queneau e?pocas y ficcio?n oni?rica se entretejen en una habili?sima trama donde no faltan, incluso, dos caballos parlantes. La u?ltima novela, Le vol d’Icare (1968), cuyo ti?tulo juega con el doble sentido que tiene en france?s la palabra vol («robo» y «vuelo»), desarrolla una especie de pirandellismo al reve?s: un novelista contrata los servicios de un detective para recuperar los personajes que han escapado de entre las pa?ginas de la obra que esta? escribiendo7.

Como queda de manifiesto en Ejercicios de estilo, la produccio?n de Queneau destaca por la feliz unio?n de ingenio, diversidad, amplitud de conocimientos y rigor. En ella conviven, inextricable y brillantemente, lo lu?dico y lo serio, resaltando siempre un sorprendente dominio del lenguaje en todos sus registros y modalidades.

«OULIPO» & LA «LIPO»

En 1963, aprovechando una reedicio?n ilustrada de Exercices de style, Queneau introduce algunas modificaciones significativas. Seis nuevos textos («Ensembliste»,

7 Traducciones castellanas de las novelas citadas: El problema, trad. de Floreal Mazi?a, Buenos Aires, Losada, 1972; Los hijos del viejo Limo?n, trad. de Emma P. de Zappetini, Buenos Aires, Losada, 1970; Siempre somos demasiado buenos con las mujeres, trad. de Jose? Escue?, Barcelona, Seix Barral, 1982; La alegri?a de la vida, trad. de Carlos Manzano, Madrid, Alfaguara, 1984; Zazie en el metro, versio?n de Domingo Pruna, Barcelona, Plaza & Jane?s, 1961; i?d., trad. de Fernando Sa?nchez Drago?, Madrid, Alfaguara-Bruguera, 1978; El rapto de Icaro, trad. de Idea Vilarin?o, Buenos Aires, Losada, 1973.

«De?finitionnel», «Tanka», «Translation», «Lipogramme» y «Ge?ometrique») sustituyen a otros tantos de la primera edicio?n de 1947, aunque la iro?nica cifra total de noventa y nueve, permanece intacta8. Tres de los cambios corresponden a aportaciones genuinamente oulipianas («De?finitionnel», «Translation» y «Lipogramme»).

El grupo Oulipo9 (siglas de «Ouvroir de litte?rature potentielle», «Taller de literatura potencial») fue fundado en 1960 por Franc?ois Le Lionnais, matema?tico apasionado por la literatura, y por el propio Queneau, devoto, a su vez, de la lucubracio?n aritme?tica. Al grupo inicial, constituido por los promotores y por Jacques Bens, Claude Berge, Jacques Duchateau, Jean Lescure y Jean Queval, se sumaron posteriormente nuevos y destacados miembros, como NoeI Arnaud, Georges Perec, Jacques Roubaud, Marcel Duchamp o Italo Calvino.

«Toda obra literaria —sen?ala Franc?ois Le Lionnais en la primera proclama oulipiana — se construye a partir de una inspiracio?n (…) obligada a acomodarse, mejor o peor, a una serie de coerciones y procedimientos contenidos unos dentro de otros como mun?ecas rusas. Coerciones como el vocabulario y la grama?tica, como las reglas de la novela (divisio?n en capi?tulos, etc.) o de la tragedia cla?sica (regla de las tres unidades), coerciones de la versificacio?n general, coerciones de las formas fijas (como en el caso del rondel o del soneto), etc.» Partiendo de este concepto de contrainte («coercio?n»10), los miembros del Oulipo se dedicara?n principalmente a dos actividades: por una parte, a la bu?squeda y recuperacio?n de precursores (los «plagiarios por anticipacio?n») y, por otra, al descubrimiento y estudio de posibilidades ine?ditas. Entre la amplia labor desarrollada en este u?ltimo sentido contamos, por ejemplo, con las obras lipograma?ticas de Perec, las rimas heterosexuales de Arnaud, las novelas isosinta?cticas de Queval, los sonetos irracionales de Bens, me?todos diversos de transformacio?n automa?tica de textos, transposicio?n al a?mbito de la creacio?n literaria de conceptos de las distintas ramas de la Matema?tica, investigaciones acerca de las posibilidades de la Informa?tica, etc.

Pero, en realidad, tal y como dejaron muy claro sus miembros, el Oulipo no es un movimiento literario ni una escuela teo?rica o cri?tica, sino una especie de grupo de investigaciones de literatura experimental, cuyo propo?sito es proporcionar formas literarias susceptibles de promover creaciones novedosas. «Llamamos literatura potencial — precisa Queneau— a la bu?squeda de formas, de estructuras —por emplear esta palabra que es un poco docta—, de estructuras nuevas que adema?s puedan ser utilizadas por los escritores de la forma que les plazca»11.

8 Los seis «ejercicios» desaparecidos son: «Permutations par groupes de deux, trois, quatre et cinq lettres», «Permutations par groupes de neuf, dix, onze et douze lettres», «Re?actionnaire», «Hai? Kai?», «Fe?minim>, «Mathe?matique». Queneau cambio? tambie?n los ti?tulos de ocho textos: «Home?optotes» («Home?ote?leures»), «Passe? simple» («Pre?te?rit»), «Noble» («Ampoule?»), «Permutations de cinq, six, sept et huit lettres» («Permurations par groupes croissants de mots»), «Contre-ve?rite?» («Antonyrnique»), «Latin de cuisine» («Macaronique») y «A peu pres» («Homophonique»). Ve?ase Emmanuel Souchier, «Contribution a I’histoire d’un texte: Exercices de style ou: 99 histoires pour… une histoire», en Queneau aujourd’hui, Pari?s, Clancier- Gue?naud, 1985, pa?gs. 179-203.

9 Sobre el Oulipo, pueden consultarse los siguientes trabajos: Oulipo, La litte?rature potentielle (Cre?ations, Re- cre?ations, Re?cre?ations), Pari?s, GalIimard, 1973; Oulipo, Atlas de litte?rature potentielle, Pari?s, Gallimard, 1981; La bibliotheque Oulipienne, pre?sente? par Jacques Roubaud, Pari?s, Slatkine, 1981 (se trata de los diecise?is primeros nu?meros de la coleccio?n de publicaciones del grupo); Paul Fournel, Clefs pour la litte?rature potentielle, Pari?s, DenoeI, 1972; Jacques Bens, Oulipo, 1960-1963, Pari?s, Christian Bourgois, 1980 (son las actas de reuniones del grupo durante sus tres primeros an?os de vida); Mari?a Dolores Aguilera, «OU.LI.PO. La ma?quina de la infinita literatura», Quimera, nu?m. 15, enero, 1982, pa?gs. 8-11; Italo Calvino, «Perec, gnomo y kabalista», Quimera, nu?m. 19, mayo, 1982, pa?gs. 26-27; Eric Beaumatin, «Petite initiation aux travaux de I’Oulipo-Dossier-», Actes. Premie?res journe?es Pe?dagogiques, Madrid, Association de Professeurs de franc?ais de Madrid, 1986, pa?gs. 7-25.

10 Traduzco contrainte por «coercio?n», segu?n la versio?n castellana que aparece en A. J. Greimas & J. Courte?s, Semio?tica. Diccionario razonado de la teori?a del lenguaje, Madrid, Gredos, 1982, pa?g. 58. «Le grand artiste — deci?a Andre? Gide— est celui a qui l’obstacle sert de tremplin» («El gran artista es aquel a quien el obsta?culo le sirve de trampoli?n»).

11 R. Queneau, Entretiens avec Georges Charbonnier, Pari?s, Gallimard, 1972, pa?g. 140.

Adema?s de sus numerosas aportaciones al trabajo del grupo, la obra oulipiana ma?s destacada de Queneau es el libro Cent mille milliards de poemes (1961), cuya gestacio?n tuvo que ver con la propia constitucio?n del Oulipo. Tras un esfuerzo considerable y haciendo gala de paciencia y minuciosidad orientales, Queneau logro? construir diez sonetos, confeccionados de tal manera que el lector, combinando las tiras ha?bilmente dispuestas en la encuadernacio?n, puede llegar a componer, si logra sortear la muerte, el deterioro previsible o dema?s inconvenientes, hasta cien billones de poemas diferentes (1014), que proporcionan —segu?n constata su autor— lectura «para 190.258.751 an?os ma?s algunas horas y minutos (sin tener en cuenta los an?os bisiestos y otros detalles)».

Por su parte, Ejercicios de estilo supuso, con trece an?os de anticipacio?n, un verdadero muestrario precursor de las tareas oulipianas. No es de extran?ar, por lo tanto, que en la edicio?n definitiva se interpolasen tres de los procedimientos de manipulacio?n textual ma?s practicados por el Oulipo: el lipograma, el S + 7 y la literatura definicional.

Literatura lipograma?tica

El lipograma no es un invento oulipiano, aunque si? podemos afirmar que el Oulipo ha resucitado, populariza?ndolo, tan pintoresco y antiqui?simo artificio. Como poco, remonta su tradicio?n al siglo VI a. de c., cuando Laso de Hermione suprimio? la sigma en su «Oda a los centauros» y en un «Himno a De?meter», del cual so?lo se ha conservado el primer verso. Ma?s tarde, Ne?stor de Laranda, ya en el siglo III de nuestra era, batio? todo un re?cord al reescribir la Ili?ada, eliminando la (? del primer canto, la ? del segundo… y asi? hasta acabar con las veinticinco letras del alfabeto y los correspondientes cantos de la epopeya home?rica.

En castellano, contamos con un ilustre lipogramatista, Alonso de Alcala? y Herrera, que publico?, en un volumen en octavo, cinco novelas cortas de tema amoroso, en cada una de las cuales se elimina una de las cinco vocales12. Aunque fue tanto el esfuerzo que el artificio lipograma?tico requeri?a que, unido a los retoricismos culteranos, consiguio? textos ciertamente extravagantes. Veamos, a ti?tulo de ejemplo, los malabarismos expresivos en los que se deleita al describir el rostro de la protagonista de «Los dos soles de Toledo»:

(…) pero en el hermoso rostro y frente tres misteriosos vergeles o peregrinos pensiles vio de flores entretejidos de rosicler y nieve, divididos con un sublime y lindi?simo retrete de olor, en excelente proporcio?n de relieve de nieve hecho, y de multitud de flores de los colores mismos, con gentil primor compuesto. Los perfecti?simos y menudos dientes, entre el diviso y odori?fero rubi? (divino y precioso joyel) vistos, los juzgo? hechos de lo mismo que en el cielo el sol y que, sentido Cupido de ver los de Venus y los suyos inferiores, se cubrio? y vendo? de vergonzoso los ojos por no verlos13.

12 Varios / effetos / de amor / en cinco novelas / exemplares. / Y nuevo artificio de es- / creuir prosas, y versos sin vna de las / cinco letras vocales, excluyendo / Vocal differente en cada / Novela, Lisboa, Manuel da Sylva, 1641. Las cinco novelas son: «Los dos soles de Toledo, sin la letra A», «La carroza con las damas, sin la letra E», «La perla de Portugal, sin la letra I», «La peregrina ermitan?a, sin la letra O» y «La serrana de Sintra, sin la letra U». «Los dos soles de Toledo» se ha publicado incluida en Novelas amorosas de diversos ingenios del siglo XVII, ed. de Evangelina Rodri?guez Cuadros, Madrid, Castalia, 1986, pa?gs. 201-231. Aunque, curiosamente y para desmedro lipograma?tico del esforzado Alonso de Alcala?, en esta reciente edicio?n se desliza un «a?nimo» (pa?g. 224) donde el texto original dice «logro» (fol. 23r).

La Biblioteca Nacional tambie?n conserva otra obra exce?ntrica de Alonso de Alcala?: Iardim/Anagrammatico, Lisboa, Na Officina Craesbekiana, 1654. Se trata de un conjunto de poemas anagrama?ticos en portugue?s, castellano y lati?n, de tema hagiogra?fico. De tan peregrino literato so?lo he podido encontrar los datos que proporciona Domingo Garci?a Peres en su Cata?logo razonado y bibliogra?fico de los autores portugueses que escribieron en castellano, Madrid, Imprenta del Colegio Nacional de Sordo-mudos y de Ciegos, 1890: «De procedencia castellana. Nacio? en Lisboa a 12 de septiembre de 1599, y en la misma murio? a 21 de noviembre de 1862. Se ignoran las circunstancias de su vida; fue hombre de estudio y agudo ingenio, de los que abuso? hasta la exageracio?n y extravagancia, como lo prueba en la primera de las tres obras que escribio?» (pa?g. 16). 13 Ob. cit., fol. 5r.

Ya en nuestra e?poca, merecen mencio?n especial los logros lipograma?ticos de Georges Perec. En La disparition (1969) escribe una novela polici?aca en la que, a lo largo de ma?s de trescientas pa?ginas, consigue evitar la letra e, la ma?s frecuente en france?s. La «desaparicio?n» no es otra que la de esta vocal y para lograrlo el autor recurre a una lo?gica hilarante, ame?n de a acrobacias gramaticales (como la eliminacio?n de infinitivos), le?xicas y ortogra?ficas. Algu?n cri?tico despistado resen?o? el libro toma?ndolo u?nicamente por una novela polici?aca estrambo?tica, sin advertir el recurso que le daba sentido. Tres an?os despue?s, Perec extremaba au?n ma?s su artificio lipograma?tico con Les revenents, donde so?lo se emplea la e y desaparecen todas las vocales restantes. En este caso, como no podi?a ser menos, son incesantes las manipulaciones ortogra?ficas sin que, empezando por el propio ti?tulo de la obra, puedan pasar inadvertidas hasta para el lector menos avisado.

S+7

Uno de los hallazgos ma?s apreciados por los oulipianos es el me?todo de transformacio?n de textos denominado S + 7, descubierto por Jean Lescure y utilizado por Queneau en el ejercicio de estilo titulado «Translation». Precisamente, Ge?rard Genette ha propuesto que se bautice ma?s cristianamente a esta operacio?n como «translacio?n le?xica». Se trata de un procedimiento sumamente sencillo, aunque laborioso, de produccio?n textual. Consiste en partir de un texto base, literario o no, y, con la ayuda de un diccionario, reemplazar en e?l cada sustantivo (S) por el se?ptimo (+7) que se encuentre en el diccionario elegido contando a partir del sustantivo. Los dos te?rminos de la fo?rmula pueden variar, de manera que S puede ser sustituido por V (verbo), A (adjetivo), Ad (adverbio)… y en lugar de 7 podemos optar por otra cifra cualquiera. S + 7 so?lo es una posibilidad entre muchas de la fo?rmula general P + n o P – n. Por supuesto, tambie?n se pueden realizar en un mismo texto combinaciones mu?ltiples (S + A + V – 3, por ejemplo). Pero conviene tomar alguna precaucio?n:

a) cuando el sustantivo cambia de ge?nero, se recomienda efectuar los ajustes gramaticales necesarios;

b) si el texto contiene el u?ltimo sustantivo del diccionario. elegido, es obligatorio retomar el diccionario desde el principio;

c) si el sustantivo no se encuentra en el diccionario, se elige el primero que se encuentre tras el lugar donde deberi?a hallarse.

La transformacio?n del texto ha de realizarse con absoluta honestidad y rigidez, aplicando el me?todo escogido de forma absolutamente meca?nica, sin manipulacio?n ulterior. Una posible variacio?n muy interesante consiste en cambiar el instrumento auxiliar. Puede trabajarse con los diccionarios ma?s pintorescos, le?xicos especializados o, por ejemplo, buscar las palabras en un diccionario espan?ol-tagalo y realizar el S + 7 en la parte tagalo-espan?ol. Tambie?n podemos utilizar, en vez de un diccionario, otro libro: la Biblia, el Cora?n, El Capital, la Cri?tica de la razo?n pura, Camino, Los ciento veinte di?as de Sodoma…, en cuyo caso se selecciona el se?ptimo sustantivo del texto, despue?s el 14, luego el 21, el 28, el 35, el 42, el 49, etc. Por su parte, Italo Calvino realizo? un S + 7 confeccionado ingeniosamente con un diccionario de personajes y un repertorio cla?sico de ane?cdotas. Y Borges, en su ce?lebre «Pierre Menard, autor del Quijote», practica un insuperable S + n en el que n = 0. Como ejemplo ilustrativo, ofrezco un S + 7 sobre un texto archiconocido:

En la prisa creo? Dipso?mano el cientopie?s y las tijeretas. Pero las tijeretas eran confusio?n y vaci?o; habi?a tintoreri?as por encima de la ablucio?n y el espli?n de Dipso?mano estaba planeando por encima de los aguijones. Entonces dijo Dipso?mano: «Que haya labio» y hubo labio. Vio Dipso?mano que el labio era

bueno y separo? el labio de las tintoreri?as. Llamo? Dipso?mano al labio diablillo y a las tintoreri?as llamo? nomeolvides. Atardecio? y amanecio?: diablillo primero.

Dijo entonces Dipso?mano: «Que haya un fisgo?n en medio de los aguijones y que e?l este? separando los aguijones de los aguijones». Y fue asi?. Hizo, pues, Dipso?mano, el fisgo?n y separo? los aguijones que esta?n debajo del fisgo?n de los aguijones que esta?n encima del fisgo?n. Llamo? Dipso?mano al fisgo?n cientopie?s. Atardecio? y amanecio?: diablillo segundo.

Dijo entonces Dipso?mano: «Que se amontonen los aguijones de debajo del cientopie?s en una sola lujuria y que aparezca la secta». Y fue asi?. Llamo? Dipso?mano a la secta tijeretas y al amontonamiento de los aguijones llamo? marca.

Vio Dipso?mano que estaba bien. Dijo entonces Dipso?mano: «Que las tijeretas broten higo, higo que produzca simpati?a y arcabuces frutales que den fuerza segu?n su espectro con su se?mola dentro de si?, sobre las tijeretas». Y fue asi?14.

Literatura definicional

De acuerdo con este otro procedimiento oulipiano, SI sustituye en un texto determinado cada palabra significativa (verbos, sustantivos, adjetivos, adverbios en -mente) por su definicio?n en el diccionario y se repite la operacio?n. De esta forma, una frase de seis palabras puede originar un nuevo texto con casi 180 palabras tan solo despue?s de tercer tratamiento. Veamos un ejemplo del propio Queneau: la transformacio?n definicional del enunciado «El gato ha bebido la leche»:

El gato HA BEBIDO la leche.

***

El mami?fero carni?voro digiti?grado dome?stico HA TRAGADO un li?quido blanco, de sabor dulce producido por las hembras de los mami?feros.

***

Quien tiene tetas, come carne, camina sobre la extremidad de sus dedos y pertenece a la casa

HA HECHO DESCENDER POR El GAZNATE AL ESTO?MAGO un estado de la materia sin forma propia, del color de la leche, de impresio?n agradable al o?rgano del gusto y procurado por los animales del sexo femenino que tienen tetas.

***

Quien tiene o?rganos glandulosos propios para la secrecio?n de leche, que mastica y traga la carne de los animales terrestres, de los pa?jaros y de los peces, que cambia de sitio desplazando sus pies uno tras otro sobre el extremo de las partes mo?viles en que acaban las manos y los pies y que atan?e a la construccio?n destinada a la habitacio?n humana – HA HECHO IR DE ARRIBA HACIA ABAJO POR LA PARTE INFERIOR DEL CUELLO A LA VI?SCERA MEMBRANOSA EN LA QUE COMIENZA LA DIGESTIO?N DE LOS ALIMENTOS una forma de ser de la sustancia extensa sin pertenecerle exclusivamente configuracio?n exterior, de la impresio?n que produce en el ojo la luz del li?quido blanco, de sabor dulce producido por las hembras de los mami?feros, de un efecto que gusta en la parte del ser organizado destinada a cumplir la fundicio?n de discernir los sabores y obtenido por los seres organizados y dotados de movimiento y de sensibilidad y cuyas diferencias fi?sicas y constitutivas pertenecen a las hembras que tienen o?rganos glandulosos destinados a la secrecio?n de leche15.

Logo-rallye

14 El diccionario empleado para este S + 7 ha sido el de Joseph G. Fucilla, Concise Spanish Dictionary Spanish-English and English-Spanish, Londres, George G. Harrap & Co., 1948. El texto base son, obviamente, los once primeros versi?culos del Ge?nesis en la siguiente traduccio?n: La Sagrada Escritura, texto y comentario por profesores de la Compan?i?a de Jesu?s, Antiguo Testamento, tomo 1, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1967, pa?gs. 26-30.

15 Oulipo, La litte?rature potentielle…, pa?gs. 119-120.

Otro de los juegos quenaunianos que proporciona Ejercicios de estilo es el «logo- rallye»: escribir un texto introduciendo en un orden preciso las palabras de una lista determinada de antemano.

En realidad, el «logo-rallye» so?lo tiene intere?s si las palabras designan realidades suficientemente alejadas entre si? para que no puedan ser utilizados todos los te?rminos propuestos en una frase o dos nada ma?s. En una variante del juego puede extraerse la lista de palabras a partir de una pa?gina ya escrita por un autor: como ejemplo pra?ctico, propongo al lector que realice un «logo-rallye» con los siguientes vocablos extrai?dos de un texto de Eli?as Canetti16:

CIERTA-PELDAN?OS-HOY-PAPA-DESEAR-INSECTOS.

Otra variante consiste en el «logo-rallye» con suspense: alguien escribe las palabras en papelitos que se escogen al azar, de uno en uno, antes de comenzar cada frase. Como siempre, habra? que luchar por conseguir el texto ma?s coherente e ingenioso posible. En suma, el «logo-rallye», como todos los juegos de este tipo, tiene tantas variantes como se desee: por ejemplo, tambie?n pueden extraerse las palabras del ejercicio a partir de textos especiales, como le?xicos o diccionarios.

Contrepe?terie

Pero no todos los juegos que propone Queneau son de su cosecha o del Oulipo, pues tambie?n recoge artificios tradicionales como, por ejemplo, la contrepe?terie o contrepetterie (de «contre» y «pe?ter»: «peer, ventosear», en el sentido de emitir un sonido). Consiste en un aparente lapsus de inversio?n de letras o si?labas de un conjunto de palabras por lo general ridi?culo o irreverente («Un sot pa?le» en vez de «Un pot sale»; «Un chapeau de roses» en lugar de «Un rapeau de choses»; «Les e?paules de Saint Pitre» por «Les epi?tres de Saint Paul»; aquel actor que declamo? «Trompez sonnettes» cuando debi?a haber dicho «Sonnez, trompettes»…).

La contrepe?terie (que en ingle?s recibe el nombre de «spoonerism» por el reverendo oxoniense W. A. Spooner, verdadero campeo?n de la trabucacio?n), tiene una brillante e ininterrumpida tradicio?n en france?s. Ya en Rabelais (Pantagruel, capi?tulo XVI) encontramos una de las ma?s cla?sicas y felices: «… car il disoit qu’il n’y avoit qu’un antistrophe entre femme folle a? la messe et femme molle a? la fesse» («… porque deci?a que so?lo habi?a una antistrofa entre “mujer loca por la misa” y “mujer fofa de nalgas”»). Hasta llegar al surrealismo, que no podi?a ser ajeno a tales juegos de palabras y, asi?, Pre?vert transforma la famosa frase «Partir, c’est mourir un peu» en «Martyr, c’est pourrir un peu».

Pero si la nueva palabra no ofrece ninguna inteligibilidad, so?lo se trata, en realidad, de una pseudo-contrepe?terie, un mero farfulleo o batiburrillo le?xico. Por ejemplo, cuando un personaje del Ulises exclama «Damn clever» (podri?amos traducir «lndenadamente congenioso», «Endemoniadagente intelimente», «Lerriblemente tisto», etc.) en lugar de «Clamn dever» («Terriblemente ingenioso»)17. Con estas meta?tesis que simulan lapsus linguae («la fourche m’a langue?», paralela al castellano «que la traba se me lengua»), el juego se reduce a mecanismos puramente formales. En su ejercicio de estilo titulado «Contre-petteries» Queneau construye, como sen?ala Denise Franc?ois18, falsas contrepe?teries: «Un mour vers jidi, sur la fate-plorme autie?re…», lo cual, sin embargo, hace que para la versio?n castellana sea ma?s fa?cil la correspondencia, porque el castellano

16 El texto de Canetti lo he colocado en la nota nu?mero 34, u?ltima de este pro?logo. Debe leerse so?lo despue?s de haber realizado el «logorallye» con las palabras propuestas.
17 J. Joyce, Ulysses, 9.” ed., Londres, The Bodley Head, 1968, pa?g. 174.
18 Denise Franc?ois, «Le Contrepet», La Linguistique, nu?m. 2, 1966, pa?gs. 31-32.

no se presta al aute?ntico «contrepet», aunque si? contamos en nuestro folklore con ejemplos de pseudo-contrepe?teries. Ya el maestro Gonzalo Correas cita «Borracha esta? la ladra, tres di?as ha que no perra»19 y Agusti?n Aguilar recogio? una «copla trastocada» que utiliza el mismo artificio:

Ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan, ahora que, albando la toca, las altas suenas campanan, y que los rebuznos burran, y que los gorjeos pa?jaran,

y que los silbas serenan,
y que los grun?os marranan,
y que la aurorada rosa,
los extensos doras campa…20

LA LITERATURA INCO?MODA

Ejercicios de estilo pertenece a una regio?n sumamente peculiar del planeta literario sin denominacio?n concreta. Marcial hablaba en uno de sus epigramas de «literatura intrincada» y de «bagatelas difi?ciles» («nugae difficiles»)21, refirie?ndose a un tipo de composiciones estrambo?ticas muy frecuentadas en su tiempo. Ernst Robert Curtius, al citar algunos ejemplos, los incluye como artificios sistema?ticos «manierismo formal»22. Pero, en realidad, los escasos eruditos que se han interesado por el tema han empleado siempre expresiones inconcretas, como «filologi?a recreativa», «pasatiempos filolo?gicos», «divertimientos reto?ricos», «juegos de ingenio», etc. Por su parte, uno de los raros estudiosos del tema en nuestro pai?s, que intento? reivindicar toda esta literatura exce?ntrica, la llamo? «esfuerzos del ingenio literario literario», aunque quiza?s el apelativo ma?s acertado sea el de «literatura extravagante»23, utilizado por Agusti?n Aguilar.

En cualquier caso, dado que esta zona perife?rica del sistema literario carece de denominacio?n precisa, a falta de otro apodo ma?s ocurrente, hablaremos de «literatura de la incomodidad». Si Matisse abogo? por un arte «de tout repos», ana?logo a un confortable sillo?n, en el extremo opuesto tendri?amos la literatura inco?moda en la que el escritor parte, ya de entrada, de un reto a su ingenio y minuciosidad. Y aunque no hay empresa literaria que no arranque la de «incomodidad», de la «coercio?n», en el caso que nos ocupa se extreman los elementos inconfortables. Como cualquier etiqueta, tambie?n este concepto de la incomodidad literaria vendri?a a ser un cajo?n de sastre en el que podri?amos incluir las obras de talante ma?s dispar: cabri?an en e?l sonetos de Go?ngora, aforismos de Gracia?n, capi?tulos de Rayuela, Tres tristes tigres o Larva, y, por supuesto, el Ulysses joyceano, ma?ximo cla?sico de la incomodidad literaria contempora?nea. Pero conviene cen?ir la

19 Gonzalo Correas, Vocabulario de refranes y frases proverbiales (1627), ed. de Louis Combet, [Lyon], Institut d’E?tudes Ibe?riques et Ibe?ro-Ame?ricaines de l’Universite? de Bordeaux, 1967, pa?gs. 359-360.
20 «La serenata», en Agusti?n Aguilar y Tejera, Las poesi?as ma?s extravagantes de la lengua castellana…, Madrid, V. H. Sanz Calleja, [s.a.], pa?g. 169. Cfr. con el poema que comienza «Tengo los tiesos tan dedos que hasta los tiemblos me piernan…» (Jose? Gime?nez, Florilegio de literatura exce?ntrica, Valencia, Cosmos, [s.a.], pa?g. 127). Por su parte, Jose? Mari?a Iribarren recogio? alguna de estas composiciones populares que denomina «coplas trastocadas»; por ejemplo: «Aso?mate a la vergu?enza, / cara de poca ventana, / y e?chame un poco de sed, / que me estoy muriendo de agua.» (Jose? Mari?a Iribarren, El porque? de los dichos. Sentido, origen y ane?cdota de los dichos, modismos y frases proverbiales de Espan?a con otras muchas curiosidades, Madrid, Aguilar, 1955, pa?g. 278.)

21 «Turpe est difficiles habere nugas / et stultus labor est ineptiarum» (Marcial, Epigramas, libro n, 86, vv. 9- 10): «Es ridi?culo dedicarse a bagatelas intrincadas / y estu?pido afanarse en frusleri?as.»
22 Ernst Robert Curtius, Literatura europea y Edad Media latina, 2a reimpresio?n, Madrid, Fondo de Cultura Econo?mica, 1976, cap. X 3, pa?gs. 397 y sigs.

23 Leo?n Mari?a Carbonero y Sol y Mera?s, Esfuerzos del ingenio literario, Madrid, Establecimiento tipogra?fico Sucesores de Rivadeneyra, 1890.

significacio?n del adjetivo «inco?modo» y aplicarlo solamente a aquella literatura que se propone, de forma que tiende a ser exclusiva, el mero desafi?o reto?rico o la pirueta combinatoria como tal.

La obra inco?moda, en este sentido ma?s estricto del te?rmino, intensifica al ma?ximo su talante lu?dico, lo cual significa, como es necesario en todo juego, que e?ste se lleve a cabo con absoluta seriedad. Por otra parte, tales obras se caracterizan por una conciencia expli?cita del mo?vil de la escritura, del propo?sito generador de la labor dificultosa. Mientras que el resto de literatos acostumbra a ser ajeno a la plena conciencia de sus propo?sitos, el autor de una obra inco?moda, al igual que quien se propone realizar un ejercicio deportivo o cirquense, puede llegar a reducir el motivo y el me?rito de su trabajo a la mera consecucio?n de la dificultad propuesta previamente. Nos hallamos en el terreno de lo lu?dico y, lo mismo que en una proeza acroba?tica, lo importante es la superacio?n airosa de un obsta?culo intrincado. Cuando Quevedo decide construir un poema amoroso en que todas las palabras comiencen con la letra a, no so?lo esta? an?adiendo una dificultad suplementaria a las tradicionales coerciones del soneto (endecasi?labos, dos cuartetos, dos tercetos, rima en consonante, esquema expositivo…), sino, ante todo, condicionando la realizacio?n del conjunto a la superacio?n ingeniosa de la coaccio?n previamente impuesta. Cualquiera de los otros sonetos quevedianos responde a una relacio?n diale?ctica entre esquemas previos y soluciones particulares logradas, pero en el caso del «soneto inco?modo» al que me refiero24, la consecucio?n de la pirueta se convierte en la justificacio?n fundamental del poema. La dificultad es un fin en si? mismo, no so?lo un medio o un recipiente para lograr una trascendencia simbo?lica o un mensaje emotivo. Quevedo se ha propuesto la escritura de un tautograma (asi? se les llama a las composiciones en las que todas las palabras comienzan por la misma letra), y no es pertinente que le exijamos otro tipo de cualidades transcendentales.

La literatura inco?moda no so?lo rechaza la invisibilidad del soporte expresivo, sino que se caracteriza por el exhibicionismo de sus esquemas y propo?sitos. En la «Epi?stola moral a Fabio» —por citar una obra que podri?a ser cifra de la perfeccio?n expresiva cla?sica — el endecasi?labo o los tercetos fluyen como respiracio?n del castellano a?ureo. En Ejercicios de estilo, por el contrario, se exhiben, con impu?dico retoricismo, los aspectos ma?s tecnicistas del arte literario. De la misma forma, la proyeccio?n del mundo i?ntimo y personal del autor o del lector se reduce en la obra inco?moda a su mi?nima expresio?n. Inu?til buscar esa ficcio?n de espejo de papel que posee el resto de literatura. Se evita intencionadamente la capacidad mi?tica del arte. Tal vez por eso mismo los mejores exponentes de literatura inconfortable pueden cumplir, como lo hace la obra de Queneau, un papel desmitificador del propio hecho literario.

Es cierto que, en su mayor parte, los escritores inco?modos se afanan en labores similares a las de quienes entretienen sus ocios esculpiendo un bele?n en un pin?o?n, confeccionando la maqueta de una catedral con mondadientes o introduciendo un berganti?n en una botella, pero Ejercicios de estilo es literatura inco?moda de notable calidad, no mero pasatiempo. En realidad, constituye uno de los hitos del ge?nero: parte de un propo?sito radicalmente inconfortable —conseguir la acumulacio?n de variaciones sobre un asunto insignificante— y logra construir una brillante antologi?a de «coerciones», cla?sicas y novedosas, desde el lipograma al texto definicional, pasando por el soneto y el telegrama.

Ejercicios de estilo es un libro sin mi?tica posible o, mejor dicho, se situ?a en los anti?podas de esa mi?tica necesaria para que una obra cobre apariencia de inmortalidad o de trascendencia. Para ello se requieren personajes literario capaces de sugestionar, temas pate?ticos o una biografi?a pintoresca del escritor. Ejercicios de estilo ignora cualquiera de estos aspectos u otros similares: la historia no puede se ma?s trivial, los

24 «Celebra a una dama poeta, llamada Antonia», en F. de Quevedo, Obra poe?tica, Edicio?n de Jose? Manuel Blecua, tomo 1, Madrid, Castalia, 1969, pa?g. 512.

personajes ma?s planos y, para colmo, no encontramos con la ausencia de «suspense» o cli?max, pues, por el contrario, uno de los efectos que persigue la obra es la comicidad conseguida a trave?s de la acumulacio?n. Se trata de un inventario de «coerciones» reto?ricas. La habilidad del autor para superar el desafi?o nos sorprende una y otra vez (en realidad, noventa y nueve veces, aunque podri?an ser mil y una). No es ajeno todo esto a ese talante desmitificador al que me acabo de referir y que, en mi opinio?n, es una de las cualidades ma?s sen?aladas del libro. Su desenfadada ausencia de mi?tica propicia la ironi?a y la socavacio?n de los to?picos inveterados que podri?an compendiarse en esas dicotomi?as tradicionales entre fondo/forma, serio/co?mico, escritura/literatura, teori?a literaria/pra?ctica de escritura, sentimiento/expresio?n, etc… En realidad, excepto en los libros sagrados — como autobiografi?a de la divinidad que dicen ser— toda literatura es, al cabo, ejercitacio?n estili?stica para la inacabable tarea de expresar lo inefable. Aunque en u?ltima instancia, la Biblia, el Cora?n, las obras que se pretenden inspiradas, tambie?n nos demostrari?an que no son ajenas a los placeres del estilo… ¿acaso no constan los Evangelios de cuatro ejercicios estili?sticos sobre el mismo tema?

JUEGO y PRA?CTICA DE ESCRITURA

Otra de las deleitables paradojas de Ejercicios de estilo es su cara?cter de «desliteratura». Por supuesto, como no podi?a ser de otro modo, se trata de literatura hecha y derecha, pero juega con la ficcio?n de ser proyecto de literatura, ejercitacio?n, borrador, literatura hacie?ndose ante el lector. Nos hallamos en pleno dominio de lo que Johan Huizinga llamaba, en su cla?sico estudio, el homo ludens. Lo cual no deja de chocar con las concepciones ma?s tradicionales de la seriedad literaria. «Preocupada u?nicamente —apostilla Georges Perec— por sus grandes mayu?sculas (la Obra, el Estilo, la Inspiracio?n, el Genio, la Creacio?n, etc.), la historia literaria parece ignorar deliberadamente la escritura como pra?ctica, como trabajo, como juego25». Pero, de tiempo en tiempo, surgen aportaciones que contradicen flagrantemente los prejuicios establecidos y, en este sentido, no cabe duda de que la obra de Raymond Queneau pertenece a esa gloriosa estirpe de desmitificadores entre cuyos miembros ma?s destacados hay que citar a Franc?ois Rabelais, Laurence Sterne y Raymond Roussel. Tampoco hay que olvidar que, en cierta forma, las obras ma?s sen?aladas de la literatura moderna suponen cuestionamientos distintos sobre la propia esencia de lo literario26.

Por otra parte, como sen?ala Emmanue?l Souchier, Ejercicios de estilo es todo un manifiesto, aunque no se anuncie como tal: «El descubrimiento es simple, pero importante: no se trata de proclamar el papel de lo histo?rico o de poli?tico en la escritura; se trata de hacer y de hacer hacer, de escribir y de hacer escribir. En la pluralidad de las fuentes de enunciacio?n, el lector desempen?a, al fin, a la vista a sabiendas de todos, el papel que nunca deberi?a haber dejado de desempen?ar: se convierte en «e?criverom» («escribidor»)27. De ahi? la importancia que, en relacio?n con este cara?cter de manifiesto de

25 Georges Perec, «Histoire du lipogramme», en Oulipo, La litte?rature potentielle…, pa?g. 79.
26 «Parti? de un incidente real y lo conte?, primero doce veces de forma diferente; luego, un an?o ma?s tarde, volvi? a hacer otras doce, y, finalmente, fueron noventa y nueve. Se ha querido ver en ello una tentativa de demolicio?n de la literatura, lo cual no era en absoluto mi intencio?n, en todo caso mi intencio?n era so?lo hacer unos ejercicios; el resultado es quiza?s desoxidar la literatura de sus diversas herrumbres, de sus costras. Si hubiese contribuido un poco a eso, estari?a orgulloso, sobre todo si lo he hecho sin aburrir demasiado al lector» («Conversation avec Georges Ribemont-Dessaignes» en Raymond Queneau, Ba?tons, chiffres, lettres, Pari?s, Gallimard, 1965, pa?gs. 43-44.)
27 E. Souchier, «Contribution…», pa?g. 200. «Entiendo por literatura —dijo en una memorable ocasio?n Roland Barthes— no un cuerpo o un serie de obras, ni siquiera un sector de comercio o de ensen?anza, sino la grafi?a compleja de las marcas de una pra?ctica, la pra?ctica de escribir. («Leccio?n inaugural de la ca?tedra de semiologi?a lingu?i?stica del Colle?ge de France», en El placer del texto, 4. a ed., Me?xico, Siglo XXI, 1982, pa?g. 123).

escritura, tiene el ejercicio titulado «Maladroit» («Torpe»), y dentro de e?l la frase «c’est en e?crivant qu’ on devient e?criveron» (parodia de la sentencia «c’ est en forgeant qu’ on devient forgeron») y que en castellano resignado he traducido por «la pra?ctica de escritura hace maestro en literatura». Podemos decir que Ejercicios de estilo es un manifiesto, aunque un manifiesto impregnado, como acabamos de comprobar, por la distancia de ironi?a.

Justamente por su talante lu?dico, por su maestri?a desliteraturizadora, la obra supone una verdadera invitacio?n al lector para que rehaga o complete, a discrecio?n, los textos y, sobre todo, para que continu?e lo que el autor propone. Lo cual responde plenamente a las directrices del grupo Oulipo, que tambie?n propuso, entre otras cosas similares, la constitucio?n de un «Instituto de Pro?tesis Literaria» para reformar, rehacer y mejorar las obras ya consagradas. Y consciente de que su trabajo requeri?a, por sus propias caracteri?sticas, una continuidad, Queneau an?adio? en la edicio?n ilustrada de 1963, un anexo con una amplia lista de otros ejercicios de estilos posible» (ve?ase el «Anexo» de esta introduccio?n).

No es de extran?ar, por lo tanto, que Ejercicios de estilo haya dado pie a las ma?s diversas recreaciones: un disco28; peli?culas, los ejercicios tipogra?ficos de Faucheaux y de Massin, las estupendas ilustraciones de Carelman… pero, ante todo, quiero destacar el enorme rendimiento dida?ctico que el libro ha tenido en Francia, por tratarse de una verdadera mina para cualquier labor de creacio?n literaria. Por fortuna, cada di?a van quedando ma?s lejos de nosotros las ensen?anzas lingu?i?sticas y literarias reducidas a la exhibicio?n de discursos magistrales del profesor o del manual, en las que se estudiaba teori?a lingu?i?stica y grama?tica a palo seco, sin practicar de ninguna manera la propia lengua, o donde se discurseaba sobre historia literaria (fechas, ti?tulos, plantillas de comentario de textos…) lejos de los placeres de la lectura o de la invencio?n literaria. En los u?ltimos tiempos, aunque todavi?a nos quede un largo trecho por recorrer, se han ido afianzando en nuestro pai?s propuestas que contemplan la clase de lengua y literatura tambie?n como un «taller» de escritura y manipulacio?n del lenguaje. Y, en este sentido, tanto los trabajos oulipianos como muy especialmente Ejercicios de estilo suponen, no so?lo un material sumamente estimable para el ana?lisis, sino verdaderos filones de pautas y esti?mulos.

CASTELLANIZAR A QUENEAU

En mi versio?n he procurado evitar, ante todo, cualquier tentacio?n de querer enmendarle la plana al propio Queneau completando o proponiendo soluciones alternativas cuando no era necesario. Lo cual no resulta fa?cil en una obra que en todos los sentidos esta? invitando a la colaboracio?n del lector. Pero los precedentes de las traducciones inglesa, alemana e italiana suponi?an sendos esti?mulos alentadores29.

Unos sesenta «ejercicios» no plantean ma?s problemas que los propios de cualquier traduccio?n («Notations», «En partie double», «Litotes», «Me?taphoricament»…). El grupo de textos basado en diferentes manipulaciones con letras, si?labas, morfemas o palabras («Aphe?reses», «Apocopes», Syncopes», «Permutations», «Prostheses»…) u?nicamente requeri?a realizar una operacio?n ide?ntica a la de Queneau con el texto correspondiente en castellano. En dos casos «Helle?nismes», «Macaronique») se trataba de introducir mi?nimas correcciones imprescindibles en una versio?n nuestra lengua: asi?, «eiusdem

28 Disco editado en 1954 por Phillips, cuyos inte?rpretes eran Yvee Robert y los Fre?res Jacques. Compuso la mu?sica Pierre Philippe. Ve?ase una resen?a de este «long-play» escrita por Boris Vian, incluida en Derrie?re la zizique, Pari?s, Christian Bourgois, 1976, pa?gs. 107-108.
29 Exercices in Style, trad.: Barbara Wright, Londres, Gaberbocchus, 1958; 2a ed., Londres, John Calder, 1979; Stilu?bungen, trad.: Ludwig Harig y Eugen Helmle?, Frankfurt am Main, Suhrkamp, 1961; Esercizi di stile, trad.: Umberto Eco, Turi?n, Einaudi, 1983.

farinae» («de la me?me farine») pasa a «eiusdem calagniae» o «estofae». Un grupo de ejercicios (como «Botanique» o «Gastronomique») necesitaban ser parcialmente recreados porque las frases hechas francesas relacionadas con el correspondiente campo sema?ntico no teni?an paralelo directo en castellano. En lo que respecta a parodias literarias sobre distintas modalidades poema?ticas («Alexandrins», «Sonnet», «Ode», «Tanka») he optado, excepto en el caso de la «Ode», por una versio?n libre —incluidos los guin?os machadorrubenianos de los alejandrinos— intentando que no se perdiese la vivacidad del original.

Finalmente, nos encontramos con aquellos textos —casi una veintena— que era imprescindible recrear pra?cticamente de cabo a rabo, aunque siempre he tratado de hacerlo sobre un texto lo ma?s similar posible al que presenta Queneau. En realidad, so?lo me he guiado por un criterio exclusivamente personal en el caso de los «Italianismes» de la edicio?n original. Como los italianismos me pareci?an absolutamente romos en nuestra lengua, considere? inevitable introducir un ejercicio sobre «Galicismos» para no modificar el nu?mero total de noventa y nueve.

Dos textos merecen comentario particular: el «Loucherbem» y el «Javanais». El loucherbe?m30 (de boucher > louche [r] b-e?m) es el «largonji» —argot— ma?s vivo socialmente en Pari?s. El procedimiento de un «largonji» consiste en que la consonante inicial de palabra o una consonante doble (tr, pr) es remplazada por una l y trasladada al final, palabra: jargon> largon > largonji. La jerga en -be?me, caracteri?stica en un principio de los muchachos carniceros, de La Villette o de Vaugirard, an?ade al procedimiento general del largonji una sufijacio?n peculiar en -e?m. Aunque en los argots cualquier esquema cano?nico es relativamente raro en la pra?ctica y asi?, por ejemplo, Queneau introduce en su «Loucherbem» diversas licencias argo?ticas. Obviamente todo esto era intraducible en castellano, y no me quedo? ma?s opcio?n que construir un «Pasota» —la imprecisio?n de este apelativo tan to?pico me desagrada— como caricatura un tanto sainetesca del argot del «rollo».

Por su parte, el «javanais» es un procedimiento argo?tico de deformacio?n sistema?tica de las palabras, por medio del cual un infijo en av se incrusta entre la consonante y a vocal de la primera o de cada si?laba: grosse > gr-av-os-se > gravosse. Al parecer, data de mediados del siglo pasado y, desde un origen delincuente o escolar, se difundio? con rapidez hasta convertirse en divertimiento cla?sico de los «boulevardiers». El apelativo de este truco argo?tico pudo originarse a partir de la conjugacio?n del verbo avoir: j’ai > j’avais > j’av-av-ais, que se relaciona con el nombre de la isla de Indonesia. En un estudio ya cla?sico sobre el tema de los argots, Rafael Salillas31 hablaba de «formas de disimulo» y, por su parte, el lingu?ista italiano Bernardino Biondelli32 trato?, en una de las raras disquisiciones sobre el tema, de lo que llamaba «lingue di trastullo» («lenguas de entretenimiento»). Los procedimientos de estas jergas son muy diversos: desde la inversio?n del orden habitual de las si?labas (vesre) a la interposicio?n entre e?stas de algunas si?labas convencionales que pueden variar a capricho. Entre los procedimientos posibles, para una versio?n del «Javalais» queneauniano, he escogido el lenguaje tradicional en «ti» de los juegos infantiles espan?oles.

La exigencia de lo que he imaginado yo como literalidad bien entendida me ha llevado, a veces, a soluciones que, parado?jicamente, pueden parecer meros caprichos. Pondre? tres ejemplos. En «Onomatope?es», Queneau incrusta, de sopeto?n, un pare?ntesis con las palabras de Orestes en la escena quinta del quinto acto de la Andromaque raciniana: «Pour qui sont ces serpents qui sifflent sur vos te?tes?». Se trata del ejemplo

30 Ve?ase Pierre Guiraud, L’argot, 8a ed., Pari?s, Presses Universitaires de France, 1980, pa?gs. 67-68 y Jacques Cellard & Alain Rey, Dictionaire du franc?ais non conventionnel, Pari?s, Hachette, 1980, pa?gs. 470-471 y 487.
31 Rafael Salillas, «Teori?a y caracteres de la jerga», en El delincuente espan?ol. El lenguaje (estudio filolo?gico, psicolo?gico y sociolo?gico) con dos vocabularios jergales, Madrid, Victoria no Sua?rez, 1896, pa?g. 24.

32 Bernardino Biondelli, «Origine, diffusione ed importanza delle lin:ue furbesche», en Studi linguistici, Mila?n, Giuseppe Bernardoni di Gio, 856, pa?gs. 105-120.

to?pico de los manuales franceses para explicar la aliteracio?n. Me parecio? absurdo traducir la cita de Racine, carente en castellano de la significacio?n que posee para un lector galo, y decidi? sustituirla por lo que pienso que podri?a ser un equivalente de nuestra literatura, los famosos endecasi?labos de la tercera e?gloga de Garcilaso (versos 79-80: «en el silencio so?lo se escuchaba / un susurro de abejas que sonaba»).

En «Maladroit» («Torpe») tambie?n se encuentra una esas citas emboscadas, cuando el sufrido y desconcertado aprendiz de escritor dice, refirie?ndose el consabido joven del sombrero: «prenons le godelureau par la tresse de son chapeau de feurre mou emmanche? d’un long cou» («cojamos al mequetrefe por el cordo?n de su sombrero de fieltro enmangado con un largo cuello»). Se parodia aqui? un verso de La Fontaine (Fables, libro VII, 4, v. 2): «L’He?ron au long bec emmanche? d’un long cou». Me parecio? una solucio?n paralela en castellano utilizar los dos primeros versos del archiconocido soneto quevediano «A un hombre de gran nariz». En el mismo fragmento («Maladroit»), el escritorzuelo suen?a con codearse con los sen?ores de «l’ Acade?rmie franc?aise, du Flore et de la rue Se?bastien-Bottin». Pues bien, si en el primer caso (tras optar por una versio?n comprensible para un castellanoleyente) la sustitucio?n estaba clara, la correspondencia del famoso cafe? parisino me parecio? que podi?a ser el madrilen?o Gijo?n, el to?pico cafe? de literatos tambie?n ya de otra e?poca. Y, pensando que en la calle Se?bastien-Bottin estaba Gallimard, precisamente la editora de Exercices de style de la que el propio Queneau era secretario general, so?lo me quedaba la posibilidad de analogi?a con la editorial encargada de publicar la versio?n castellana, para conservar, adema?s, la modesta «mise en abi?me», el juego del libro dentro del libro. Pero u?nicamente me cabi?a mencionar directamente el nombre, no por propo?sito propagandi?stico de ma?s que dudosa efectividad, sino porque hablar de «los sen?ores de la calle O’Donnell» me pareci?a todo punto incomprensible. Por lo dema?s, dejo al criterio o entusiasmo del lector el hallazgo de otros guin?os y claves de mi versio?n.

Mi intencio?n ha sido mantener en todo lo posible la fidelidad imposible al original france?s, pese a lo arduo de mi labor33 que, sin embargo, en pocos textos como en Exercicies de style au?na esas dos palabras que Octavio Paz empleo? para titular la recopilacio?n de sus traducciones: versio?n y diversio?n. Por lo dema?s, la literatura en castellano no anda sobrada —salvo notables excepciones, como Go?mez de la Serna o Corta?zar—, ni de obras ni de escritores de la capacidad creativa de un Queneau. Razo?n de ma?s para que una versio?n castellana de Exercices de style pueda resultar una dedicacio?n estimulante, sobre todo al comprobar que, cuarenta an?os despue?s de la publicacio?n del libro —por las fechas en que los espan?oles lei?an La quiebra de Zunzunegui, La sal perdida de Pedro de Lorenzo o Un hombre de Jose? Mari?a Gironella— sigue conservando renovada su capacidad de lectura gozosa34 34. ¿Hay muchas cosas ma?s importantes en literatura?

Antonio Ferna?ndez Ferrer

33 Entre los amigos a quienes agradezco su complicidad para perpetrar la castellanizacio?n queneaucida, debo citar a Amapola Alama, Luis Alberto de Cuenca, Concha Ferna?ndez Medrano, Ghislaine Fonfreide y Luis Maristany.
34 «Seri?a lindo a partir de una cierta edad, an?o por an?o, ir de nuevo empequen?eciendo y recorriendo hacia atra?s aquellos mismos peldan?os que una vez se escalaron con orgullo. La dignidad y la honra de la mayor edad seguiri?an, no obstante, siendo las mismas que son hoy; de modo que la gente absolutamente menuda, los muchachos de seis u ocho an?os, seri?an los ma?s sabios y los ma?s experimentados. Los ma?s viejos monarcas seri?an los ma?s pequen?os; en general, habri?a so?lo muy diminutos Papas; los obispos mirari?an desde mayor altura a los cardenales y los cardenales al Papa. Ningu?n nin?o podri?a desear ya ser algo grande. La historia perderi?a en importancia en razo?n de su edad; se tendri?a la sensacio?n de que los sucesos de hace trescientos an?os habri?an acontecido entre criaturas semejantes a insectos, y el pasado tendri?a, finalmente, la dicha de no ser advertido.» (Elias Canetti, «Apuntes 1942-1948», trad. de Norberto Silvetti Paz, Sur, Nu?ms. 308-310, septiembre-febrero, 1968, )a?g. 44. Otra traduccio?n del mismo texto se incluye en La provincia del hombre. Carnet de notas 1942-1972, versio?n castellana de Eustaquio Barau, Madrid, Taurus, 1982, pa?g. 11).

ANEXO *

Ejercicios de estilo posibles
* «Annexe 1. Exercices de style possibles», en Exercices de style, ed. ilustrada de 1963, pa?gs. 97 y 98.

Caligrama de Jacques Carelman para la edicio?n ilustrada de Exercices de style.

Madrid, 1987

nervioso
angustiado
espera
jovial
calambures
caligrama
dedicatoria
ideas macabras
ficha de lectura
carta de rechazo del editor costura (nombres de vestidos) rebus

charada adivinanzas declaracio?n de amor tuerto
sordomudo
ciego
borracho
paranoico
confusio?n mental delirium tremens

reglas de un juego juego de la oca juego de cartas ley

enigma
diferentes juegos de ingenio carta ofensiva
carta de reclamacio?n anuncios (breves) publicidad
portero
cobrador
cri?tico literario
cri?tico teatral
cri?tico cinematogra?fico tratamiento cinematogra?fico esquela
cri?tica mundana
elegante
caos
si?mbolos
fa?bula

flores reto?ricas elocuencia sagrada elocuencia poli?tica distribucio?n de premios requisitoria

natacio?n atributos prohibicio?n ana?foras epi?foras moraleja
miedo
alegri?a
orgullo
triste
gracioso jerogli?ficos fenomenolo?gico detective crucigrama aliteraciones «collages» lugares comunes proverbios biolo?gico econo?mico sociolo?gico qui?mico geolo?gico

idiota
infantil
ceneste?sico
abstracto
fi?sico
frente popular
las virtudes (teologales, etc.) los siete pecados capitales

NOTACIONES

quirolo?gico
oficios diversos caracteres
patolo?gico
co?lera
hambre
fatiga ma?xima alternativa
elocuencia judicial glotoneri?a
eslavismos rumanismos arabismos
sombrerero
anti?tesis hysteron-proteron oxi?moron
elipsis
anacolutos annominaciones geome?trico
aritme?tico
algebraico
anali?tico
topolo?gico
anadiplosis
mineral
epanadiplosis epanalepsis
sine?resis
die?resis
crasis
disjunciones conjunciones adverbios
homosexual (lesbiana)

 

 

En el S, a una hora de tra?fico. Un tipo de unos veintise?is an?os, sombrero de fieltro con cordo?n en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestio?n se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono lloro?n que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre e?l.

Dos horas ma?s tarde, lo encuentro en la plaza de Roma, delante de la estacio?n de Saint-Lazare. Esta? con un compan?ero que le dice: «Deberi?as hacerte poner un boto?n ma?s en el abrigo.» Le indica do?nde (en el escote) y por que?.

POR PARTIDA DOBLE

Hacia la mitad de la jornada y a mediodi?a, me encontre? y subi? en la plataforma y terraza trasera de un autobu?s y vehi?culo de transporte en comu?n abarrotado y casi completo de la li?nea S y que va de la Contrescarpe a Champerret. Vi y observe? a un hombre joven y viejo adolescente, bastante ridi?culo y no poco grotesco, cuello delgado y gaznate descarnado, cordo?n y trencilla alrededor del sombrero y gorro. Despue?s de un

atropello y confusio?n, dice y profiere con una voz y tono lacrimosos y llorones que su vecino y coviajero le empuja y le importuna adrede y aposta cada vez que alguien baja y sale. Dicho esto y tras abrir la boca, se precipita y se dirige hacia un sitio y un asiento vaci?os y libres.

Dos horas despue?s y ciento veinte minutos ma?s tarde, lo encuentro y vuelvo a vedo en la plaza de Roma y delante de la estacio?n de Saint-Lazare. Esta? y se encuentra con un amigo y compan?ero que le aconseja y le incita a que se haga an?adir y coser un boto?n y un ci?rculo de hueso en su abrigo y gaba?n.

LI?TOTES

E?ramos unos cuantos que nos desplaza?bamos juntos. Un joven, que no teni?a aire de muy inteligente, hablo? unos instantes con un sen?or que se encontraba a su lado; despue?s, fue a sentarse. Dos horas ma?s tarde, me lo encontre? de nuevo; estaba en compan?i?a de un amigo y hablaba de trapos.

METAFO?RICAMENTE

En el centro del di?a, tirado en el monto?n de sardinas viajeras de un coleo?ptero de abdomen blancuzco, un pollo de largo cuello desplumado arengo? de pronto a una, tranquila, de entre ellas, y su lenguaje se desplego? por los aires, hu?medo de protesta. Despue?s, atrai?do por un vado, el pajarito se precipito? sobre e?l.

En un triste desierto urbano, volvi? a vedo el mismo di?a, mientras se dejaba poner las peras a cuarto a causa de un boto?n cualquiera.

RETRO?GRADO

Te deberi?as an?adir un boto?n en el abrigo, le dice su amigo. Me lo encontre? en medio de la plaza de Roma, despue?s de haberlo dejado cuando se precipitaba con avidez sobre un asiento. Acababa de protestar por el empujo?n de otro viajero que, segu?n e?l, le atropellaba cada vez que bajaba alguien. Este descarnado joven era portador de un sombrero ridi?culo. Eso ocurrio? en la plataforma de un S completo aquel mediodi?a.

SORPRESAS

¡Lo apretados que i?bamos en aquella plataforma de autobu?s! ¡Y lo tonta y ridi?cula que teni?a la pinta aquel chico! ¿Y que? se le ocurre hacer? ¡Hete aqui? que le da por querer ren?ir con un hombre que -¡pretendi?a el tal galancete!- lo empujaba! ¡Y luego no encuentra nada mejor que hacer que ir ra?pido a ocupar un sitio libre! ¡En vez de cede?rselo a una sen?ora!

Dos horas despue?s, ¿Adivinan a quie?n me encuentro delante de la estacio?n de Saint-Lazare? ¡El mismo pisaverde! ¡Mientras recibi?a consejos sobre indumentaria! ¡De un compan?ero!

¡Como para no cree?rselo!

SUEN?O

Me pareci?a que todo era brumoso y anacarado en torno mi?o, con mu?ltiples e indistintas presencias, entre las cuales, sin embargo, so?lo se dibujaba con bastante nitidez, la figura de un joven cuyo cuello demasiado largo pareci?a anunciar ya por si? solo el cara?cter a la vez cobarde y protesto?n del personaje. La cinta de su sombrero habi?a sido remplazada por un cordo?n trenzado. Ren?i?a luego con un individuo al que yo no vei?a; despue?s, como presa del miedo, se meti?a en la oscuridad de un pasillo.

Otra parte del suen?o me lo muestra caminando a pleno sol delante de la estacio?n de Saint-Lazare. Esta? con un compan?ero que le dice: «Deberi?as hacerte an?adir un boto?n en el abrigo.» En eso, me desperte?.

PRONOSTICACIONES

Cuando llegue el mediodi?a, te encontrara?s en la plataforma trasera de un autobu?s donde se amontonara?n viajeros entre los cuales reparara?s en un ridi?culo jovenzuelo; cuello esquele?tico y sin cinta en el sombrero de fieltro. No se encontrara? bien, el pequen?o. Creera? que un sen?or le empuja adrede cada vez que pasa gente que sube o baja. Se? lo dira?, pero el otro, despreciativo, no contestara?. Y el ridi?culo jovenzuelo, presa del pa?nico, se largara? en sus narices, hacia un sitio libre.

Volvera?s a verlo un poco ma?s tarde, en la plaza de Roma, delante de la estacio?n de Saint-Lazare. Un amigo le acompan?ara?, y oira?s estas palabras: «Tu abrigo no abrocha bien; tienes que hacer an?adir un boto?n».

SI?NQUISIS

Ridi?culo joven, que me encontre? un di?a en un autobu?s de la li?nea S abarrotado por estiramiento quiza? cuello alargado, en el sombrero el cordo?n, observe? un. Arrogante y lloro?n con un tono, que se encuentra a su lado, contra el sen?or, protesta. Porque e?l le habri?a empujado, vez cada que la baja gente. Libre se asienta y se precipita hacia un sitio, eso dicho. Roma (plaza de) lo encuentro ma?s tarde dos horas en el abrigo un boto?n an?adir un amigo le aconseja.

ARCO IRIS

Un di?a, me encontre? en la plataforma de un autobu?s violeta. Habi?a alli? un joven bastante ridi?culo: cuello i?ndigo, cordo?n en el sombrero. De repente, protesta contra un sen?or azul. Le reprocha, especialmente, con voz verde, que lo empuje cada vez que baja gente. Dicho eso, se precipita hacia un sitio amarillo para sentarse.

Dos horas ma?s tarde, me lo encuentro delante de una estacio?n anaranjada. Esta? con un amigo que le aconseja que se haga an?adir un boto?n en su abrigo rojo.

LOGO-RALLYE

(Dote, bayoneta, enemigo, capilla, atmo?sfera, Bastilla, correspondencia.)

Un di?a me encontraba en la plataforma de un autobu?s que, sin duda, debi?a de formar parte de la dote de la hija del Sr. Matrimonio, que presidio? los destinos de la Compan?i?a Municipal de Transportes Urbanos. Habi?a en e?l un joven bastante ridi?culo, no porque llevase bayoneta, sino porque teni?a pinta de llevada no lleva?ndola. De golpe, el joven acomete a su enemigo: un sen?or situado detra?s suyo. Le acusa de no comportarse tan educadamente como en una capilla. Tensada asi? la atmo?sfera, el mequetrefe va a

sentarse. Dos horas ma?s tarde, lo encuentro a dos o tres kilo?metros de la Bastilla con un compan?ero que le aconseja que se haga an?adir un boto?n en el abrigo, opinio?n que muy bien habri?a podido darle por correspondencia.

VACILACIONES

No se? muy bien do?nde ocurri?a aquello… ¿en una iglesia, en un cubo de la basura, en un osario? ¿Quiza?s en un autobu?s? Habi?a alli?… pero, ¿que? habi?a alli?? ¿Huevos, alfombras, ra?banos? ¿Esqueletos? Si?, pero con su carne au?n alrededor, y vivos. Si?, me parece que era eso. Gente en un autobu?s. Pero habi?a uno (¿o dos?) que se haci?a notar, no se? muy bien por que?. ¿Por su megalomani?a? ¿Por su adiposidad? ¿Por su melancoli?a? No, mejor… ma?s exactamente… por su juventud, adornada con un largo… ¿narigo?n? ¿mento?n? ¿pulgar? No: cuello; y por un sombrero extran?o, extran?o, extran?o. Se puso a pelear —si?, eso es—, sin duda con otro viajero (¿hombre o mujer?, ¿nin?o o viejo?) Luego eso se acabo?, concluyo? acaba?ndose de alguna forma, probablemente con la huida de uno de los dos adversarios.

Estoy casi seguro de que es ese mismo personaje el que me volvi? a encontrar, pero ¿do?nde? ¿Delante de una iglesia? ¿delante de un osario? ¿delante de un cubo de la basura? Con un compan?ero que debi?a de estar habla?ndole de alguna cosa, pero ¿de que?? ¿de que?? ¿de que??

PRECISIONES

A las 12 h. 17 m. en un autobu?s de la li?nea S, de 10 metros de largo, 2,10 de ancho y 3,50 de altura, a 3 km. 600 m. de su punto de partida, cargado con 48 personas, un individuo de sexo masculino, de 27 an?os, 3 meses y 8 di?as de edad, 1 m. 72 cm. de talla y 65 kg. de peso, que llevaba en la cabeza un sombrero de 17 cm. de alto cuya copa estaba rodeada por un cordo?n de 35 cm. de largo, interpela a un hombre de 48 an?os, 4 meses y 3 di?as de edad, 1 m. 68 cm. de talla y 77 kg. de peso, por medio de 14 palabras, cuya enunciacio?n duro? 5 segundos, alusivas a desplazamientos involuntarios de 15 a 20mm. Va enseguida a sentarse a unos 2 m. 10 cm. de alli?.

118 minutos ma?s tarde, se encontraba a 10 metros de la estacio?n de Saint-Lazare, en la entrada de cercani?as, y se paseaba de arriba abajo sobre un trayecto de 30 metros, con un compan?ero de 28 an?os de edad, 1 m. 70 cm. de talla y 71 kg. de peso, quien le aconsejo? con 15 palabras desplazar 5 cm., en direccio?n al cenit, un boto?n de 3 cm. de dia?metro.

PUNTO DE VISTA SUBJETIVO

No estaba descontento con mi vestimenta, precisamente hoy. Estrenaba un sombrero nuevo, bastante chulo, y un abrigo que me pareci?a pero que muy bien. Me encuentro a X delante de la estacio?n de Saint-Lazare, el cual intenta aguarme la fiesta tratando de demostrarme que el abrigo es muy escotado y que deberi?a an?adirle un boto?n ma?s. Aunque, menos mal que no se ha atrevido a meterse con mi gorro.

Poco antes, habi?a ren?ido de lo lindo a una especie de pata?n que me empujaba adrede como un bruto cada vez que el personal pasaba, al bajar o al subir. Eso ocurri?a en uno de esos inmundos autobuses que se llenan de populacho precisamente a las horas en que debo dignarme a utilizados.

OTRO PUNTO DE VISTA SUBJETIVO

Habi?a hoy en el autobu?s, a mi lado, en la plataforma, uno de esos mocosos de los que no abundan afortunadamente porque si no, acabari?a por matar a uno.

Aque?l, un muchacho de unos veintise?is o treinta an?os, me irritaba especialmente, no tanto a causa de su largo cuello de pavo desplumado como por la clase de cinta de su sombrero, cinta reducida a una especie de cordo?n de color morado. ¡Jo!, ¡el cabro?n! ¡Co?mo me cargaba! Como a esa hora habi?a mucha gente en nuestro autobu?s, aprovechaba los empujones de costumbre a las subidas o bajadas para hincarle el codo en las costillas. Acabo? por largarse cobardemente antes de que me decidiera a pisotearle un poco los pinreles para jorobado. Tambie?n le hubiera dicho, para fastidiado, que a su abrigo demasiado escotado le faltaba un boto?n.

RELATO

Una man?ana a mediodi?a, junto al parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobu?s casi completo de la li?nea S (en la actualidad el 84), observe? a un personaje con el cuello bastante largo que llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordo?n trenzado en lugar de cinta. Este individuo interpelo?, de golpe y porrazo, a su vecino, pretendiendo que le pisoteaba adrede cada vez que subi?an o bajaban viajeros. Pero abandono? ra?pidamente la discusio?n para lanzarse sobre un sitio que habi?a quedado libre.

Dos horas ma?s tarde, volvi? a vedo delante de la estacio?n de Saint-Lazare, conversando con un amigo que le aconsejaba disminuir el escote del abrigo hacie?ndose subir el boto?n superior por algu?n sastre competente.

PALABRAS COMPUESTAS

Yo me platautobusformaba comultitudinariamente en un espaciotiempo luteciomeridiano vecinando con un longui?colo mocoso fieltrosombrereado y cordonotrenzo?n. El cual altavoceo? a un tipofulano: «Usted me empujaparece.» Tras eyacular esto?, se sitiolibro? vorazmente. En una espaciotemporalidad posterior, volvi? a vedo mientras se sanlazaroestacionaba con un X que le deci?a: «Deberi?as botonsuplementarte el abrigo.» Y le porquexplicaba el asunto.

NEGATIVIDADES

No era ni un barco, ni un avio?n, sino un medio de transporte terrestre. No era por la man?ana, ni por la tarde, sino a mediodi?a. No era ni un bebe?, ni un anciano, sino un joven. No era ni una cinta, ni un bramante, sino un cordo?n trenzado. No era ni una procesio?n, ni una trifulca, sino un atropellamiento. No era ni un amable, ni un malvado, sino un cole?rico. No era ni una verdad, ni una mentira, sino un pretexto. No era ni uno derecho, ni uno yacente, sino uno que queri?a estar sentado.

No era ni la vi?spera, ni el di?a siguiente, sino el mismo di?a. No era la estacio?n del Norte, ni la estacio?n de Lio?n, sino la estacio?n de Saint-Lazare. No era ni un pariente, ni un desconocido, sino un amigo. No era ni un insulto, ni una burla, sino un consejo sobre indumentaria.

ANIMISMO

Un sombrero de fieltro, pardo, hendido, el ala bajada, con la horma rodeada de un galo?n trenzado, un sombrero entre otros, sobresalta?ndose u?nicamente por las desigualdades del suelo transmitidas por las ruedas del vehi?culo automo?vil que lo transportaba a e?l, el sombrero. A cada parada, las idas y venidas de los viajeros le imprimi?an movimientos laterales a veces bastante pronunciados, lo que acabo? por enfadarle a e?l, el sombrero. Expreso? su ira por intermedio de una voz humana a e?l vinculada por una masa de carne estructuralmente dispuesta alrededor de una semiesfera o?sea perforada por algunos agujeros, que se encontraba debajo de e?l, e?l , el sombrero. Despue?s, fue de pronto a sentarse, e?l, el sombrero.

Una o dos horas ma?s tarde, volvi? a vedo desplaza?ndose, a aproximadamente un metro sesenta y seis por encima del suelo, de arriba abajo, delante de la estacio?n de Saint-Lazare, e?l, el sombrero. Un amigo le aconsejaba hacerse an?adir un boto?n ma?s en el abrigo… un boto?n ma?s… en el abrigo.. decirle eso a e?l… a e?l, el sombrero.

ANAGRAMAS

En el S, a una rhoa de tracofi un poti de unos tesnive?is n?aos, que atine un ragollloecu y un brerosom nadoador con un drocon en lugar ed tinca, n?aeri? con roto jrevoia que le casuaba de pujemarle triavulonamente. Habiendo airquelloado asi?, se ciprepita sobre una zalpa rilbe.

Una haro ma?s drate, lo truenenco en la palaz de Mora, delante de la nesciota de Tsian-Zalare. Estaba con un n?opracome que le cedi?a: «Rebedi?as caher penor un tobo?n sam en tu gobria.» Le nen?esaba do?nde (en el tocese).

DISTINGUO

Por la man?ana (y no por Ana la man?a) viajaba en la plataforma (pero no formaba en la vieja plata) del autobu?s (no confundir con el alto obu?s), y como estaba llena (no me como esta ballena) la masa chocaba (y no la ma?s achochada). Entonces un jovencito (y no cito un joven) extravagante (no vago estragante) se dirigio? (aunque no digirio?) a un sujeto (pero no atado) paci?fico (no Atla?ntico) enoja?ndose (no desoja?ndose) porque e?ste (no Oeste) le pisaba el pie (no le pispaba el bies).

Al cabo del rato (y no al rabo del gato) yo vi al tonto (no llovi?a a lo tonto) en San La?zaro (no el de Tormes) conversando con un amigo (no amigando con un converso) ma?s meticuloso (mas no supositorio) en temas de indumento (y no mento ma?s te? hindu?).

HOMEOTELEUTONES

El bus del circuito por el que transito va tocando el pito. Alli?, mientras dormito, veo a un cabeza de chorlito de cuello infinito como un monolito, con un sombrerito nada bonito ni exquisito. El que cito le da un grito gratuito a uno que parece frito con el prurito del baile de San Vito: «¡Ojito, cabrito, que me excito, irrito, desgan?ito, despepito, derrito y agito porque Vd. me tiene ahi?to, aunque yo no le incito!» Y tras lo transcrito se sienta el muy bendito mirando de hito en hito.

Al salir de un garito de modo fortuito lo veo al maldito infrascrito escuchando a quien, muy perito, le cuenta un mito sobre su abrigo favorito.

CARTA OFICIAL

Tengo el honor de informar a usted acerca de los hechos siguientes de los cuales he podido ser testigo tan imparcial como horrorizado.

Esta misma man?ana, hacia el mediodi?a, me encontraba en la plataforma de un autobu?s que subi?a por la calle de Courcelles en direccio?n a la plaza de Champerret. Dicho autobu?s iba completo; incluso ma?s que completo, me atreveri?a a decir, porque el cobrador lo habi?a sobrecargado con varios solicitantes, sin razo?n admisible y movido por una benevolencia exagerada que le llevaba ma?s alla? de los li?mites marcados por los reglamentos y que, por consiguiente, rozaba la indulgencia. A cada parada, las idas y venidas de los viajeros que bajaban y subi?an no dejaban de provocar cierto

que incito? a uno de los viajeros a protestar, mas no sin timidez. Debo decir que e?ste fue a sentarse en cuanto

surgio? la posibilidad de ello.
An?adire? a mi breve relacio?n esta addenda: tuve la oportunidad

de observar a dicho viajero algu?n tiempo despue?s en compan?i?a de un personaje que no he podido identificar. La conversacio?n entablada animadamente entre ambos pareci?a referirse a cuestiones de naturaleza este?tica.

Dadas las mencionadas condiciones) le ruego a Vd. tenga a bien indicarme las consecuencias que debo extraer de estos hechos) asi? como la actitud que, ta de ello, considere usted correcto que adopte en cuanto al comportamiento de mi vida subsecuente.

En espera de su respuesta, le reitero a Vd. el testimonio de mi mayor y siempre atenti?sima consideracio?n.

PROPAGANDA EDITORIAL

En su nueva novela, tratada con el talento que le caracteriza, el ce?lebre novelista X, a quien debemos ya tantas obras maestras, se ha esmerado en presentar u?nicamente personajes muy matizados que se mueven en una atmo?sfera comprensible para todos, grandes y chicos. La intriga gira, pues, en torno al encuentro en un autobu?s del he?roe de esta historia con un personaje bastante enigma?tico que se pelea con el primero que llega. En el episodio final, se ve a ese misterioso individuo escuchando con la mayor atencio?n los consejos de un amigo, modelo de elegancia. El conjunto produce una sensacio?n encantadora que el novelista X ha cincelado con notable fortuna.

ONOMATOPEYAS

En la plataforma, plas, plas, plas, de un autobu?s, tuf, tuf, tuf, de la li?nea S (en el silencio so?lo se escuchaba un susurro de abejas que sonaba), ¡pii!, ¡pii!.. pintarrajeado de rojo, a eso del medio ding-dong-dingdong di?a, gemi?a la gente apretujada, ¡aj!, ¡aj! Y he aqui? quiquiriqui? que un gallito gili?, jtururu?!, que, iPuaf!, llevaba un sombrerucho, ¡fiu!, se volvio? cabreado, brr, brr, contra su vecino y le dijo, hm hm: «Oiga, usted me esta?

empujando adrede.» Casi se pegan, plaf, smasch, pero en seguida el pollo, pi?o, pi?o, se lanzo?, izas!, sobre un sitio libre senta?ndose en e?l, ploc.

El mismo di?a, un poco ma?s tarde, ding-dong-dingdong, vuelvo a vedo, junto a la estacio?n, ¡fss!, ¡fsss!, ¡puu!, ¡puu!, charrando, bla, bla, bla, con otro efebo, ¡tururu?!, sobre un boto?n del abrigo (trr, trr, precisamente no haci?a calor…)

Y chim-pum.

ANA?LISIS LO?GICO

Autobu?s.
Plataforma.
Plataforma de autobu?s. El lugar.
Mediodi?a.
Aproximadamente.
Aproximadamente a mediodi?a. El tiempo.
Viajeros.
Pelea.
Pelea de viajeros. La accio?n.
Joven.
Sombrero. Largo cuello delgado.
Un joven con un sombrero y un cordo?n trenzado alrededor. El personaje principal. Qui?dam.
Un qui?dam.
Un qui?dam. El personaje secundario.
Yo.
Yo.
Yo. La tercera persona. Narrador.
Palabras.
Palabras.
Palabras. Lo que se dijo.
Sitio libre.
Sitio ocupado.
Un sitio libre ocupado despue?s. El resultado.
La estacio?n de Saint-Lazare.
Una hora ma?s tarde.
Un amigo.
Un boto?n.
Otra frase oi?da. La conclusio?n.
Conclusio?n lo?gica.

INSISTENCIA

Una man?ana, hacia el mediodi?a, subi? en un autobu?s casi completo de la li?nea S. En un autobu?s casi completo de la li?nea S, habi?a un joven bastante ridi?culo.

Subi? en el mismo autobu?s que e?l, y aquel joven, que habi?a subido antes que yo en aquel mismo autobu?s de la li?nea S, casi completo, hacia el mediodi?a, llevaba en la cabeza un sombrero que encontre? bastante ridi?culo, yo, que habi?a subido en el mismo autobu?s que aquel joven en la li?nea S, una man?ana hacia el mediodi?a. El sombrero estaba rodeado por una especie de galo?n trenzado como el de una forrajera, y el joven que lo llevaba, el sombrero —y el galo?n—, se encontraba en el mismo autobu?s que yo, un

autobu?s casi completo, porque era a mediodi?a; y debajo del sombrero, cuyo galo?n imitaba una forrajera, se extendi?a un rostro seguido de un cuello largo, largo. jAh! Que? largo era el cuello de de aquel joven que llevaba un sombrero rodeado de una forrajera, en un autobu?s de la li?nea S, una man?ana hacia el mediodi?a.

El bullicio era enorme en el autobu?s que nos transportaba hacia el final de la li?nea S, una man?ana a mediodi?a, a mi? y a aquel joven que luci?a un largo cuello bajo un sombrero ridi?culo. Por los tropezones que se produci?an hubo de pronto una protesta, protesta que surgio? de aquel joven que teni?a un cuello tan largo en la plataforma de un autobu?s de la li?nea S, una man?ana hacia el mediodi?a.

Se produjo una acusacio?n formulada con una voz hu?meda de dignidad ofendida, porque en la plataforma de un autobu?s S, un joven teni?a un sombrero provisto de una forrajera alrededor, y un largo cuello; quedo? tambie?n un sitio libre de pronto en aquel autobu?s de la li?nea S casi completo porque era a mediodi?a, sitio que ocupo? el joven del cuello largo y del sombrero ridi?culo, sitio que e?l codiciaba porque no queri?a que le empujasen ma?s en aquella plataforma de autobu?s, una man?ana hacia el mediodi?a.

Dos horas ma?s tarde, vuelvo a vedo delante de la estacio?n de Saint-Lazare, a aquel joven que habi?a observado en la plataforma de un autobu?s de la li?nea S, aquella misma man?ana, hacia el mediodi?a. Estaba con un compan?ero de su estofa que le daba un consejo relativo a cierto boto?n de su abrigo. El otro lo escuchaba atentamente. El otro, precisamente el joven que llevaba una forrajera alrededor del sombrero, y que vi en la plataforma de un autobu?s de la li?nea S, casi completo, una man?ana, hacia el mediodi?a.

IGNORANCIA

Yo, no se? que? quieren de mi?. Pues si?, he cogido el S hacia mediodi?a. ¿Que si habi?a gente? A esa hora, por supuesto. ¿Un joven con sombrero de fieltro? Es muy posible. Aunque yo no miro descaradamente a la gente. Me importa un pito ¿Una especie de galo?n trenzado? ¿Alrededor del sombrero? Comprendo, una curiosidad como otra cualquiera, pero, desde luego, no me fijo en eso. Un galo?n trenzado… ¿Y se habri?a peleado con otro sen?or? Cosas que pasan.

Y, adema?s, ¿tendri?a que haberlo vuelto a ver otra vez una o dos horas ma?s tarde? ¿Por que? no? Hay cosas au?n ma?s raras en la vida. Precisamente, recuerdo que mi padre me contaba a menudo que…

PRETE?RITO PERFECTO

He subido en el autobu?s de la puerta Champerret.
Habi?a mucha gente, jo?venes, viejos, mujeres, soldados.
He pagado mi billete y he mirado despue?s a mi alrededor. No era muy interesante.

Sin embargo, he acabado fija?ndome en un joven al que le he encontrado el cuello demasiado largo. He examinado su sombrero y me he dado cuenta de que en lugar de una cinta llevaba un galo?n trenzado. Cada vez que ha subido alguien, ha habido bullicio. N o he dicho nada, pero el joven de cuello largo ha interpelado a su vecino. No he oi?do lo que le ha dicho, pero se han mirado con malos ojos. Entonces, el joven del cuello largo se ha ido a sentarse precipitadamente.

Volviendo de la puerta de Champerret, he pasado por delante de la estacio?n de Saint-Lazare. He visto al tipo de marras que discuti?a con un amigo. Y e?ste le ha sen?alado con el dedo un boto?n justo encima del escote del abrigo. Despue?s el autobu?s donde yo iba se ha marchado y no los he visto ma?s. Yo iba sentado y no he pensado en nada.

PRESENTE

A mediodi?a, el calor se expande en torno a los pies de los viajeros del autobu?s. Como, colocada sobre un largo cuello, una cabeza estu?pida, adornada con un sombrero grotesco, se acalora, al instante se arma la gresca. Pero todo se queda, enseguida, en una atmo?sfera tensa por conservar en el aire, au?n demasiado vivos, graves insultos. Entonces, uno va a sentarse adentro, al fresco.

Ma?s tarde pueden formularse, delante de estaciones de doble direccio?n, preguntas sobre indumentaria, a propo?sito de algu?n boto?n que unos dedos grasientos de sudor manosean con seguridad.

PRETE?RITO INDEFINIDO

Fue a mediodi?a. Los viajeros subieron al autobu?s.

Hubo apreturas. Un sen?or joven llevo? en la cabeza un sombrero rodeado por un cordo?n, no por una cinta.

Tuvo un largo cuello. Se quejo? a su vecino de los empujones que e?ste le infligio?. En cuanto vio un sitio libre, se precipito? sobre e?l y se sento?.

Lo vi ma?s tarde delante de la estacio?n de Saint-Lazare. Se puso un abrigo y un compan?ero que se encontro? alli? le hizo esta observacio?n: fue necesario poner un boto?n ma?s.

IMPERFECTO

Era a mediodi?a. Los viajeros subi?an en el autobu?s.

Habi?a apreturas. Un sen?or joven llevaba en la cabeza un sombrero que estaba rodeado por un cordo?n y no por una cinta. Teni?a un largo cuello. Se quejaba a su vecino por los empujones que e?ste u?ltimo le infligi?a.

En cuanto vei?a un sitio libre, se precipitaba sobre e?l y se sentaba.

Lo vei?a ma?s tarde, delante de la estacio?n de Saint-Lazare. Se poni?a un abrigo y un compan?ero que se encontraba alli? le haci?a esta observacio?n: haci?a falta poner un boto?n ma?s.

ALEJANDRINOS

Mediaba el mes de julio. Era un hermoso di?a. Yo, solo, en la man?ana, resignado subi?a
Al o?mnibus completo de viajeros banales, Muchedumbre aburrida de rostros casi iguales. Habi?a un vulgo errante municipal y espeso Que al pasar empujaba ana?rquico y avieso. Un joven petimetre de luengo y seco cuello

y sombrero sin cinta —que bien me acuerdo de ello— Se enojo? con un viejo al que grito?, nervioso,
Que cesara al momento de empujar tan ansioso;
y al punto raudo y serio viendo un asiento huero

Se lanzo? de e?ste en pos, raudo como un velero. Al cabo de dos horas y en la misma jornada

Me lo vuelvo a encontrar, del azar por jugada, Hablando y departiendo con un supuesto amigo Acerca de un boto?n que faltaba en su abrigo.

POLIPTOTONES

Subi? en un autobu?s lleno de contribuyentes que pagaban a un contribuyente que llevaba sobre su vientre de contribuyente una cajita que contribui?a a permitir a los dema?s contribuyentes que siguieran su trayecto de contribuyentes. Observe? en este autobu?s a un contribuyente de largo cuello de contribuyente cuya cabeza de contribuyente llevaba un sombrero de fieltro de contribuyente cen?ido por un cordo?n como jama?s llevo? contribuyente alguno. De repente, dicho contribuyente interpela a un contribuyente vecino reprocha?ndole amargamente que le pisoteaba adrede sus pies de contribuyente cada vez que otros contribuyentes subi?an o bajaban del autobu?s para contribuyentes. Despue?s, el contribuyente irritado fue a sentarse al sitio para contribuyentes que acababa de dejar libre otro contribuyente. Algunas horas de contribuyente despue?s, lo vi en la plaza para contribuyentes de Roma, en compan?i?a de un contribuyente que le daba consejos de elegancia de contribuyente.

AFE?RESIS

Bi? obu?s no jeros. Serve? ven yo 110 a do na rafa vaba brero lo?n zado. Te do? tro jero cha?ndole aba da a ba te. Go cho? se que a tia bre.

Ver vi? trar te cio?n go sej aba bre dos do mer to?n go.

APO?COPES

Yo su en un aut lle de viaje. Obser un jo cu cue er pareci al de u gira y que lleva un sombre con un ga tren. Es se enfa con o viaje, repro que le pisote ca vez que subi? o baja gen. Lue se mar a sentar por habi? un si li.

Al vol lo vol a encon delan de la esta con un ami que le acon so vesti sen?alan el pri bo de su abri.

SI?NCOPAS

Sbi? nn aubu?s lleno dvajeros. Osrve? un jen cuellcidolnarafa y con sombongaltrenza?. Se endo? cotro vajero porque le rechaba pisotenreles. luego ocpo? un sto lbre.

Al vler lo vIi? a enctrar en pla Roma rebiendo una Ion degancia apo?sito de un bto?n.

YO YA

Yo ya lo comprendo: un tipo que se empen?a en pisotearle a uno los pinreles, eso cabrea. Pero, despue?s de haber protestado, irse a sentar como un cagueta, yo ya no lo comprendo. Yo ya vi eso el otro di?a en la plataforma trasera de un autobu?s S. Yo ya le encontraba el cuello un poco largo a aquel joven y cachonda la especie de cinta que teni?a alrededor del sombrero. Yo nunca me atreveri?a a pasearme con un gorro parecido. Pero yo ya se lo digo a usted, despue?s de haberle grun?ido a otro viajero que le pisoteaba, el

tipo fue a sentarse sin ma?s. Yo le habri?a dado una torta al cerdo que me hubiese pisoteado.

Yo ya veo cosas raras en la vida, yo ya se lo aseguro a usted: el mundo es un pan?uelo. Yo ya lo habi?a visto antes a aquel muchacho. Y yo, vuelvo a encontra?rmelo dos horas despue?s. Yo, lo diviso delante de la estacio?n de Saint-Lazare. Yo, me lo veo en compan?i?a de un amigo de su clase que le deci?a, yo ya lo he oi?do: «Deberi?as subirte ese boto?n». Yo ya me he dado cuenta: sen?alaba el boto?n superior.

EXCLAMACIONES

¡Ostras! ¡Las doce! ¡Hora de coger el autobu?s] ¡Cua?nta gente! ¡Cua?nta gente! ¡Que? apreturas! ¡Que? gracia! ¡Ese pollo! ¡Que? jeta! ¡Y que? cuello! ¡Setenta y cinco centi?metros! ¡Por lo menos! ¡Y el cordo?n! ¡Vaya cordo?n! ¡No lo habi?a visto! ¡El cordo?n! ¡Es lo ma?s gracioso! ¡Si?, eso! ¡El cordo?n! ¡En el sombrero! ¡Un cordo?n! ¡Gracioso! ¡Muy gracioso! ¡Y mira co?mo se cabrea! ¡El del cordo?n! ¡Con un vecino! ¡Lo que le larga!

¡Mira el otro! ¡Que le ha pisoteado! ¡Se van a dar de tortas! ¡Seguro! ¡A que no! ¡A que si?! ¡Dale! ¡Dale! ¡Pa?rte le la cara! ¡Venga! ¡Ati?zale! ¡Mecachis en la mar! ¡No!

¡Se arruga! ¡El ti?o! ¡Y que? cuello! ¡Y que? cordo?n! ¡Mira co?mo vuela al asiento! ¡Alla? va! ¡El ti?o!

¡Mira! ¡Anda! ¡No! ¡No me equivoco! ¡Es e?l! ¡Seguro! ¡Alli?! ¡Alli? mismo! ¡En la plaza de Roma! ¡Delante de la estacio?n de Saint-Lazare! ¡Pasea?ndose de arriba abajo! ¡Y con otro tipo!¡Y las tontadas que le esta? diciendo el otro! ¡Que se an?ada un boto?n! ¡En el abrigo! ¡Si?! ¡Si?! ¡En el abrigo!

ENTONCES

Entonces llego? el autobu?s. Entonces subo. Entonces he visto un sujeto que me ha llamado la atencio?n. Entonces le he visto el cuello tan largo y le he visto el cordo?n que llevaba alrededor del sombrero. Entonces se pone a echar pestes contra su vecino que le pisoteaba entonces. Entonces, va a sentarse.

Entonces, ma?s tarde, vuelvo a vedo en la plaza de Roma. Entonces estaba con un amigo. Entonces le dice el amigo: deberi?as hacerte poner otro boto?n en el abrigo. Entonces.

AMPULOSO

A la hora en que comienzan a agrietarse los rosados dedos de la aurora, cabalgaba yo, cual veloz saeta, en un autobu?s, de imponente alzada y bovinos ojos, de la li?nea S de sinuoso periplo. Adverti?, con la precisio?n y agudeza del indio presto al combate, la presencia de un joven cuyo cuello era ma?s largo que el de la jirafa de pies ligeros, y cuyo sombrero de fieltro hendido estaba ornado con una trenza, cual he?roe de un ejercicio de estilo. La funesta Discordia de senos de holli?n vino con su boca hedionda por desde?n del denti?frico;

la Discordia, digo, vino a inocular su male?fico virus entre este joven del cuello de jirafa y trenza alrededor del sombrero, y un viajero de borroso y farina?ceo semblante. Aque?l dirigio?se a e?ste en los siguientes te?rminos: «¡Oi?game, malvado ser, diri?ase que usted me esta? pisoteando adrede!» Asi? exclamo? el joven del cuello de jirafa y trenza alrededor del sombrero y fue, presto, a sentarse.

Ma?s tarde, en la plaza de Roma, de majestuosas proporciones, repare? de nuevo en el joven del cuello de jirafa y trenza alrededor del sombrero, acompan?ado de un camarada, a?rbitro de la elegancia, el cual proferi?a esta cri?tica que me fue dado percibir con mi a?gil oi?do, cri?tica dirigida a la indumentaria ma?s externa del joven del cuello de jirafa y trenza alrededor del sombrero: «Deberi?as disminuirle el escote mediante la adicio?n o elevacio?n de un boto?n en la periferia circular. »

VULGAR

¿Sabes? Eran poco ma?s dlas doce cuando me las vi negras para subir alese. Mesubo, pues, pago mi billete porque no habi?a ma?s remedio, ¿no te parece?, y, bueno, me fijo nun fulano con pinta panoli, con un cuello, asea, que a uno le pareci?a un telescopio y con una especie cordo?n alrededor duna birria sombrero. Y me lo miro, fi?jate, que? pinta teni?a de lila, entonces se ponencabronar a uno questaba a su lao. Oiga, chamulla, mucho cuidao ¿eh?, an?ade, que me parece caposta, lloriquea, que me esta?ciendo polvo los pinreles, farfulla, pisa?ndome sin parar, le encasqueta. En eso, muy pagao de la cosa, se larga sentarse. Comun ceporro.

Vuelvo a pasar ma?s tarde por la plaza Roma y, mira, me lo veo pegando la hebra con otro mamarracho de su cuerda. Oyes, le suelta lotro, pues tendri?as, le deci?a, que poner otro boto?n, an?adi?a, a tu abrigucho, conclui?a.

INTERROGATORIO

—¿A que? hora paso? ese di?a el autobu?s de la li?nea S de las 12 y 23, en direccio?n puerta de Champerret?

—A las 12 y 38.
— ¿ Habi?a mucha gente en el autobu?s de la li?nea S supradesignado?
—Cantidad.
—¿Que? percibio? Vd. de particular en e?l?
— Un individuo que teni?a un cuello muy largo y un cordo?n alrededor del sombrero. —¿Era tan singular su comportamiento como su aspecto y anatomi?a?
—En principio, no; era normal, pero acabo? por probarse que era el de un cic1oti?mico

paranoico ligeramente hipotenso en un estado de irritabilidad hiperga?strica.
—¿En que? se tradujo eso?
—El individuo en cuestio?n interpelo? a su vecino con un tono lloro?n, pregunta?ndole si

le pisoteaba adrede cada vez que subi?an o bajaban viajeros. —¿Estaba fundamentado este reproche?
—Lo ignoro.
—¿Co?mo acabo? el incidente?

—Con la huida precipitada del joven, que fue a ocupar un sitio libre. —¿Tuvo este incidente alguna consecuencia?
—Menos de dos horas ma?s tarde.
— ¿ En que? consistio? esta consecuencia?

—En la reaparicio?n de este individuo en mi camino. —¿Do?nde y co?mo volvio? a verlo?
—Pasando en autobu?s delante de la plaza de Roma. —¿Que? haci?a e?l alli??

—Recibi?a consejos sobre su vestimenta.

COMEDIA

ACTO PRIMERO

Escena I

(En la plataforma trasera de una autobu?s S, un di?a, hacia las doce de la man?ana.) EL COBRADOR.—¡Los billetes, por favor!

(Unos viajeros le pagan.)

(El autobu?s se detiene.)

Escena II

EL COBRADOR.—¡Dejen paso! ¡Delante hay sitio! ¡Dejen paso! ¡Completo! ¡Tili?n! ¡tili?n! ¡tili?n!

ACTO SEGUNDO Escena I

(El mismo decorado.)

PRIMER VIAJERO (joven, cuello largo, cordo?n alrededor del sombrero). —Se diri?a, sen?or, que usted me pisotea adrede cada vez que pasa la gente.

SEGUNDO VIAJERO (se encoge de hombros.) Escena II

(Baja un tercer viajero.)

PRIMER VIAJERO (dirigie?ndose al pu?blico): ¡Estupendo! ¡un sitio libre! ¡Alla? voy! (Se precipita sobre e?l y lo ocupa.)

ACTO TERCERO Escena I

(La plaza de Roma.)

UN JOVEN ELEGANTE (al primer viajero, ahora peato?n). —El escote de tu abrigo es demasiado ancho. Deberi?as estrechado un poco hacie?ndote subir el boto?n hacia arriba.

Escena II

(En un autobu?s S que pasa por delante de la plaza de Roma).

CUARTO VIAJERO. —Mira, el tipo que se encontraba hace poco conmigo en el autobu?s y que se enzarzaba con otro ti?o. Que? casualidad. Escribire? sobre eso una comedia en tres actos y en prosa.

APARTES

El autobu?s llego? abarrotado de pasajeros. Ojala? no lo pierda; que? chamba, au?n queda un sitio para mi?.

Uno de ellos que? pinta ma?s chusca tiene con ese pescuezo desmesurado llevaba un sombrero de fieltro rodeado por una especie de cordoncillo en lugar de cinta que? pretencioso queda eso y de repente se puso pero que? le ha dado ahora a vituperar a un vecino el otro se hace el sueco reprocha?ndole que le pisoteaba adrede tiene pinta de querer bronca, pero se arrugara? los pinreles. Pero al quedar dentro un sitio libre que? deci?a yo, volvio? la espalda y corrio? a ocuparlo.

Dos horas ma?s tarde aproximadamente las coincidencias son curiosas, se encontraba en la plaza de Roma en compan?i?a de un amigo un gilipollas de su estofa que le sen?alaba con el i?ndice un boto?n de su abrigo ¿que? tontadas le estara? diciendo?

PAREQUESIS

Sobre la tribuna o vesti?bulo busterior de un bucentauro bullendo de buro?cratas embutidos como por un embudo, un funa?mbulo bu?lgaro con un buche tubular como una butifarra y un bun?uelo bufonesco en el bulbo, apabulla, como un bucho?n, a un abuelo buce?falo, abusando bucalmente. Le llama buco, pero bruscamente el buscapleitos deja la burla y bucea bufando y sona?mbulo hacia una buena butaca, donde va a aburrirse, abu?lico y atribulado, como en un burladero.

Bulteriormente, en el bulevar nada buco?lico, veo desde mi taburete del bus al mismo burguesito burdo en un concilia?bulo con otro burro que, deambulando abu?lico, le da pa?bulo habla?ndole de su busto.

FANTASMAGO?RICO

Nos, el guarda de caza de la Plaine-Monceau, tenemos el honor de rendir cuenta de la inexplicable y maligna presencia en las cercani?as de la puerta oriental del Parque de S. A. R. Monsen?or Felipe, el consagrado duque de Orleans, en el di?a de hoy, diecise?is de mayo del an?o de gracia de mil setecientos ochenta y cuatro, de un sombrero de fieltro de forma inso?lita y rodeado de una especie de galo?n trenzado. Consecuentemente, constatamos la repentina aparicio?n, bajo el dicho sombrero, de un joven, provisto de cuello de longitud extraordinaria y vestido como, sin duda, se viste en China. El terrori?fico aspecto de este qui?dam nos helo? la sangre impidie?ndonos la huida. El qui?dam permanecio? inmo?vil unos instantes; despue?s, se agito? murmurando como si repeliera la proximidad de otros qui?dams invisibles pero sensibles para e?l. De pronto, su atencio?n se dirigio? hacia su capote y le oi?mos susurrar lo siguiente: «¡Falta un boto?n, falta un boto?n!» Se puso en camino, al punto, tomando la direccio?n de la Pe?piniere. Atrai?do, muy a nuestro pesar, por la extran?eza de este feno?meno, le seguimos fuera de los li?mites atribuidos a nuestra jurisdiccio?n y llegamos los tres, el qui?dam y el sombrero, a un jardincillo desierto, mas sembrado de lechugas. Un ro?tulo azul de origen desconocido, mas ciertamente diabo?lico, llevaba la inscripcio?n: «Plaza de Roma.» El qui?dam se agito? todavi?a durante unos momentos, murmurando: «Me queri?a pisotear.» Desaparecieron al punto, e?l primero, y algu?n tiempo despue?s, su sombrero. Tras haber levantado acta de esta liquidacio?n, fui a beberme una pinta a la Petite- Pologne.

FILOSO?FICO

So?lo las grandes ciudades pueden presentar a la espiritualidad fenomenolo?gica las esencialidades de las coincidencias temporales e improbabili?sticas. El filo?sofo que sube a veces en la inexistencialidad fu?til y utilitaria de un autobu?s S puede percibir en e?l con la

lucidez de su ojo pineallas apariencias fugitivas y decoloradas de una conciencia profana afligida por el largo cuello de la vanidad y por la trenza sombreril de la ignorancia. Esta materia sin verdadera entelequia se lanza a veces con el imperativo catego?rico de su impulso vital y recriminatorio contra la irrealidad neoberkeleyana de un mecanismo corporal inapesadumbrado de conciencia. Esta actitud moral arrastra al ma?s inconsciente de los dos hacia una espacialidad vaci?a donde se descompone en sus a?tomos elementales y ganchudos.

La indagacio?n filoso?fica prosigue normalmente con el encuentro fortuito pero anago?gico del mismo ser acompan?ado de su re?plica inesencial y costurera, la cual le aconseja noume?nicamente transponer al plano del intelecto el concepto de abrigo situado sociolo?gicamente demasiado bajo.

APO?STROFE

¡Oh estilo?grafo de pluma de platino, que tu veloz y expedita carrera trace sobre el papel de satinado dorso los glifos alfabe?ticos que transmitira?n a los hombres de centelleantes lentes el narci?sico relato de un doble encuentro por razo?n autobusili?stica! ¡Brioso corcel de mis suen?os, fiel camello de mi gesta literaria, esbelta fontana de contadas, pesadas y escogidas palabras, traza las volutas lexicogra?ficas y sinta?cticas que alentara?n gra?ficamente la narracio?n fu?til e insignificante de los hechos y gestos de aquel joven que un di?a tomo? el autobu?s S, sin sospechar siquiera que concluiri?a siendo el he?roe inmortal de mis laboriosos trabajos de escritor. ¡Mequetrefe de largo cuello exornado de un sombrero cercado por un galo?n trenzado; tu?, gozque rabioso, protesto?n y sin coraje, que, huyendo de la gresca, fuiste a posar tu trasero, cosechador de patadas al culo, sobre un banquillo de dura madera!, ¿Llegaste a sospechar por un instante este destino reto?rico cuando, ante la estacio?n de Saint-Lazare, escuchabas con exaltada oreja los consejos de sastre de un personaje a quien inspiraba el boto?n superior de tu gaba?n?

TORPE

No tengo costumbre de escribir. No se?. Me gustari?a escribir una tragedia o un soneto o una oda, pero esta?n las reglas. Eso me corta. No son cosas para aficionados. Todo esto ya esta? muy mal escrito. En fin. En todo caso, hoy he visto algo que me gustari?a mucho asentar por escrito. Asentar por escrito no me parece muy acertado. Debe de ser una de esas frases hechas que repelen a los lectores que leen para los editores que buscan la originalidad que les parece necesaria en los manuscritos que los editores publican cuando e?stos han sido lei?dos por los lectores a quienes repelen las frases hechas del tipo «asentar por escrito» que es, sin embargo, lo que me gustari?a hacer con una cosa que he visto hoy, aunque yo so?lo soy un aficionado a quien cortan las reglas de la tragedia, del soneto o de la oda, porque no tengo costumbre de escribir. ¡Joder, no se? co?mo me las he arreglado pero ya estoy otra vez al principio! No me vaya aclarar nunca. Da igual. Cojamos el toro por los cuernos. Un to?pico ma?s. Y, adema?s, el chico aquel de toro no teni?a nada. Mira, eso no esta? mal. Si escribiese: cojamos al mequetrefe por el cordo?n de su sombrero de fieltro a un largo cuello pegado, a un cuello superlativo, tal vez eso seguramente seri?a original. Quiza?s cosas asi? me permitiri?an conocer a los sen?ores de la Real Academia, del Gijo?n y de la editorial Ca?tedra. Al fin y al cabo, por que? no iba a hacer adelantos. La pra?ctica de escritura hace maestro en literatura. Que? bien me ha salido eso. Aunque no hay que perder los estribos. El tipo de la plataforma si? que los perdio? cuando se puso a insultar a su vecino con el pretexto de que este u?ltimo le pisoteaba cada vez que se encogi?a para dejar subir o bajar a los viajeros. Lo mismo que cuando, despue?s de

haber protestado de aquella manera, se fue deprisa a sentarse en cuanto vio un sitio libre dentro, como si se oliese los palos. Mira, ya he contado la mitad de mi historia.

No se? co?mo lo he hecho. Hasta es agradable esto de escribir. Aunque queda lo ma?s difi?cil. Lo ma?s duro. La transicio?n. Y au?n peor porque no hay transicio?n. Mejor lo dejo.

DESENVUELTO

Subo al Autobu?s.
—Va a Champerret, ¿no?
— ¿No sabe usted leer?
—Perdone.
Taladra mi billete sobre su tripa.
—Tenga.
—Gracias.
Miro a mi alrededor.
—¡Eh, oiga!
Lleva una especie de galo?n alrededor del sombrero. —¿No podri?a ir con cuidado?
Tiene un cuello muy largo.
—¡Basta ya! ¿No?
Entonces se precipita sobre un sitio libre.
—Pues vaya.
Me digo.

II

Subo al autobu?s.
—¿Va a la plaza de la Contrescarpe?
—¿No sabe usted leer?
—Perdone.
Hace funcionar su organillo y me devuelve mi billete con una cancioncilla taladrada. —Tenga.
—Gracias.
Pasamos delante de la estacio?n de Saint-Lazare.
—Mira, el tipo de antes.
Aguzo las orejas.
— Deberi?as hacerte poner otro boto?n en el abrigo.
Le ensen?a do?nde.
—Tu abrigo esta? demasiado escotado.
Es verdad.
—Pues vaya.
Me digo.

PARCIAL

Despue?s de una espera desmesurada, por fin volvio? el autobu?s la esquina de la calle y freno? junto a la acera. Bajaron algunas personas, otras subieron: yo era una de e?stas. Nos apretujamos en la plataforma, el cobrador tiro? vehementemente de la cadena para avisar y el vehi?culo siguio?. Mientras cortaba en un carnet el nu?mero de billetes que el hombre de la cajita iba a taladrar, me puse a inspeccionar a mis vecinos. So?lo vecinos. Ni

una mujer. Un vistazo desinteresado, por lo tanto. Me fije? entonces en la crema de la morralla circundante: un chico de unos veinte an?os con una cabecita minu?scula encima de un cuello largo, y con un gran sombrero::en su cabecita y una trencilla chula alrededor del enorme sombrero.

Que? pobre tipo, me digo.

Y no era so?lo un pobre tipo, era un malvado. Se puso indignadi?simo acusando a un burgue?s cualquiera de laminarle los pies cada vez que pasaba un viajero para subir o bajar. El otro le miro? con severidad, buscando una respuesta cortante entre el repertorio preparado que debi?a de acarrear a trave?s de las diversas circunstancias de la vida, pero aquel di?a no estaba en forma. En cuanto al joven, que se esperaba un par de bofetadas, aprovecho? la repentina libertad de un asiento para precipitarse sobre e?ste y sentarse.

Baje? antes que e?l y no pude observar su comportamiento. Lo destinaba al olvido, cuando, dos horas ma?s tarde, desde el autobu?s, me lo vuelvo a ver al mismo, en la acera, en la plaza de Roma, tan lamentable como SIempre.

Caminaba de arriba abajo en compan?i?a de un amigo que debi?a de ser su asesor de modas y que le aconsejaba, con una pedanteri?a dandyesca, hacer estrechar el escote de su abrigo hacie?ndose an?adir en e?l un boto?n suplementario.

Que pobre tipo, me digo.
Luego, los dos, mi autobu?s y yo, seguimos nuestro camino.

SONETO

Subido al autobu?s, por la man?ana, Entre golpe, cabreo y apreto?n,
Me encuentro con tu cuello y tu cordo?n, Lechuguino chuleta y tarambana.

De improviso y de forma un tanto vana, Gritando que te ha dado un pisoto?n, Provocas a un fornido moceto?n
Que por poco te zurra la badana.

Y vuelvo a verte al cabo de dos horas Discutiendo con otro pisaverde Acerca del gaba?n que tanto adoras.

E?l critica con san?a que remuerde;
Tu? te enojas, fastidias y acaloras
Y, por toda respuesta, exclamas: «¡Merde!»

OLFATIVO

En aquel S meridiano habi?a, adema?s del olor habitual, olor a ave, haces, haches, Hades; a efigies, hachi?s, jota, caca, leyes; a meneo, an?os, pedo, culo; a reses, t.v., a doble uve ce, a esqui?s y agria gaceta; habi?a cierto hedor a largo cuello juvenil, cierta transpiracio?n de galo?n trenzado, cierta acritud de ron?a, cierta peste cobarde y estren?ida, tan fuertes que cuando, dos horas ma?s tarde, pase? por delante de la estacio?n de Saint- Lazare, los reconoci? e identifique? en el perfume cosme?tico, fashionable y tailoresco que emanaba de un fe?tido boto?n mal colocado.

GUSTATIVO

Aquel autobu?s teni?a un sabor especial. Curioso, pero indiscutible. No todos los autobuses saben igual. Como suele decirse, pero asi? es. Basta con probado. Aquel —un s — para ser sinceros, teni?a un ligero sabor a cacao tostado, y no digo ma?s. La plataforma teni?a su aroma especial, a cacahuete no so?lo tostado, sino, adema?s, pisoteado. A un metro sesenta del suelo, una golosa, aunque alli? no habi?a ninguna, hubiese podido lamer una cosa un poco agria que era un cuello de hombre treintan?ero. Y veinte centi?metros au?n ma?s arriba, se ofreci?a a un paladar refinado la exo?tica degustacio?n de un galo?n trenzado con un ligero sabor a chocolate. A continuacio?n degustamos el chicle? de la pelea, las castan?as del cabreo, las uvas de la ira y los racimos de la amargura.

Dos horas ma?s tarde se nos ofrecieron los postres: un boto?n de abrigo… una aute?ntica guinda…

TA?CTIL

Los autobuses son suaves al tacto, sobre todo si se los coge entre los muslos y se les acaricia con las dos manos, de la cabeza a la cola, del motor a la plataforma. Pero cuando uno se encuentra en la plataforma se advierte entonces una cosa ma?s a?spera y basta que es la chapa o barra para apoyarse, y luego algo ma?s abultado y ela?stico, que es una nalga. Algunas veces hay dos, entonces se pone la frase en plural. Tambie?n se puede agarrar un objeto tubular y palpitante que regurgita unos ruidos estu?pidos, o bien un utensilio de espirales trenzadas ma?s suaves que un rosario, ma?s sedosas que un alambre espinoso, ma?s aterciopeladas que una cuerda y ma?s finas que una maroma. O, incluso, puede tocarse con el dedo la estupidez humana, ligeramente viscosa y pegajosa, a causa del calor.

Despue?s, si se espera pacientemente una hora o dos, entonces, delante de una estacio?n a?spera, se puede sumergir la mano tibia en la exquisita frescura de un boto?n de hueso que no esta? en su sitio.

VISUAL

En conjunto es verde con un techo blanco, alargado, con cristales. No los puede hacer cualquiera, los cristales. La plataforma es incolora, o, si se quiere, es mitad gris y mitad marro?n. Sobre todo, esta? llena de curvas, de montones de S, por decido asi?. Pero a eso del mediodi?a, hora de tra?fico, es un raro embrollo. Para aclararse, hari?a falta sacar del magma un recta?ngulo de ocre pa?lido, colocar en el extremo un o?valo de pa?1ido ocre y encima del todo pegar en los acres oscuros un sombrerucho al que rodeari?a un cordo?n siena tostado y, para colmo, entremezclado. Despue?s podri?a plantificarse una mancha verdosa que representari?a la rabia, un tria?ngulo rojo para expresar la ira y una mearrina de verde para figurar la bilis reconcentrada y el canguelo cagueta.

Luego, podri?a dibujarse uno de estos bonitos abriguchos azul marino con un bonito boto?n, justo debajo del escote, dibujado al pelo.

AUDITIVO

Mocmoqueando y pedorreando, el S rechinaba a lo largo de la acera silenciosa. El trombo?n del sol bemolizaba mediodi?a. Los peatones, chillonas cornamusas, gritaban sus

nu?meros. Algunos subieron un semitono, lo que basto? para llevarles hacia la puerta Champerret de melodiosos arcos. Entre los jadeantes elegidos figuraba un tubo de clarinete a quien la desgracia del destino habi?a conferido forma humana, y la perversidad de un sombrerero llevar sobre el timbal un instrumento que semejaba una guitarra que hubiese trenzado sus cuerdas para hacerse un cinturo?n. De pronto, en medio de los acordes en menor de viajeros atrevidos y de viajatiples consentidoras y los tre?molos balantes por el cobrador rapaz estalla una cacofoni?a burlesca en la que la ira del contrabajo se une a la irritacio?n de la trompeta y al canguelo del fagot.

Luego, tras suspiro, silencio, pausa y doble pausa, estalla la melodi?a triunfante de un boto?n al pasar a la octava superior.

TELEGRA?FICO

BUS ABARROTADO STOP JOVEN CUELLO LARGO SOMBRERO CORDO?N APOSTROFA VIAJERO DESCONOCIDO SIN PRETEXTO VALIDO STOP PROBLEMA DEDOS PIES ESTRUJADOS CONTACTO PRESUMIBLEMENTE. ADREDE STOP JOVEN ABANDONA DISCUSIO?N POR SITIO LIBRE STOP CATORCE HORAS PLAZA ROMA JOVEN ESCUCHA CONSEJOS INDUMENTARIOS COMPAN?ERO STOP DESPLAZAR BOTO?N STOP FIRMADO ARCTURUS

ODA

En el autobu?s
en el bus bombo?n
el autobu?s S
el esesoso?n
que va por las calles por el callejo?n siguiendo su marcha nada marchoso?n cerca de Monceau cerca de Monc?on
en muy sofocante di?a sofoco?n
iba un mozalbete
un cuellilargo?n
con un sombrerucho con un sombrero?n en el autobu?s
en el busbombo?n

En el sombrerucho en el sombrero?n llevaba una trenza llevaba un cordo?n en el autobu?s

en el busbombo?n a causa del li?o
y del pisoto?n estallo? un barullo
y un gran mogollo?n y aquel mozalbete tan cuellilargo?n protesto? y grun?o? grito? quejico?n contra otro viajero algo vejanco?n

en el autobu?s
en el busbombo?n pero aquel viajero algo vejanco?n
no se lo aguantaba ni se lo aguanto?
y le planto? cara muy caraplanto?n en el autobu?s
en el busbombo?n
y aquel mozalbete tan cuellilargo?n
fue a poner su culo todo muy culo?n

a bordo del S del esesoso?n sobre la butaca para el batueco?n

Sobre la butaca para batueco?n
yo que soy poeta de gayo pompo?n
un poco ma?s tarde un poco tardo?n junto a Saint-Lazare junto a la estacio?n lo vi al mozalbete

al cuellilargo?n
que de un abrigucho abriguchocho?n
con un compan?ero con un compan?o?n sobre un botonzuelo se embotonrollo? junto al autobu?s junto al busbombo?n

Y si esta historia
si esta narracio?n fuese del agrado de vuestra atencio?n no tenga?is reposo ni relajacio?n

hasta que un buen di?a con gran emocio?n encontre?is de pronto
y de sopeto?n

a bordo de un S
de un esesoso?n
a aquel mozalbete tan cuellilargo?n
con el sombrerucho con el sombrero?n con su botonzuelo y con su boto?n
en el autobu?s
en el busbombo?n
el autobu?s S
el esesoso?n

PERMUTACIONES POR GRUPOS CRECIENTES DE LETRAS

N?anah unama ediod aciam aplat i?aenl atras aform unaut erade elali obusd iaunj neasv ecuel ovend asiad lodem oquel olarg aunso orade mbrer mnga adopo enzad lontr o.

Tointe depran suveci rpeloa endien nopret stelep doquee baadre isotea vezque decada nosubi bajaba eros anviaj. Idament perorap noladis eabando aralanz cusionp reunsit arsesob iolibre.

Sma?s tard unas hora aver dela elo volvi? stacio?nd nte de la zare canv esaintla on un comp ersandoc le deci?aq an?ero que era subir ue se hici uperiord el boto?ns o esu abrigo

PERMUTACIONES POR GRUPOS CRECIENTES DE PALABRAS

Man?ana una mediodi?a hacia, la en trasera plataforma un de autobu?s li?nea la observe? S un a joven cuello de largo demasiado llevaba que sombrero un por rodeado galo?n un trenzado. Interpelo? a de pronto pretendiendo que su vecino adrede cada le pisoteaba subi?an o vez que bajaban viajeros. la discusio?n para pero abandono? ra?pidamente sitio libre lanzarse sobre un.

A verlo delante de horas ma?s tarde volvi? y estaba conversando con la estacio?n Saint-Lazare deci?a que se subiese un compan?ero que le superior de su abrigo un poco el boto?n.

HELENISMOS

En un hiperautoceno pleto?rico de petreleonautas, fui ma?rtir de un microrama en una croni?a de meta?basis macrotara?xica: un hipo tipo ma?s que icosan?ero, con un petaso periciclado por caloplegma y un dolicotraquelo eucili?ndrico, anatematizaba enfa?tica y cacofo?nicamente a un efi?mero y ano?nimo moro?tico, que, segu?n el pro?tero pseudologaba, le epitripsizaba los di?podos; mas, apenas euriscopo? una cenotopia, se peristrofo? para catapeltarse alli?.

En una hi?stera croni?a, lo estetice? delante del siderodro?mico estatmo hagiolaza?rico, peripateando con un compsa?ntropo que le simbulaba la metaci?nesis de un o?nfalo esfinte?rico.

CONJUNTOS

Consideremos en el autobu?s S el conjunto A de los viajeros asentados y el conjunto D de los viajeros de pie. En una parada concreta se encuentra el conjunto P de las personas que esperan. Sea C el conjunto de los viajeros que suben; se trata de un subconjunto de P y representa la unio?n de C’, conjunto de los viajeros que se quedan en la plataforma, y de C”, conjunto de los que van a sentarse. Demostrar que C” es un conjunto vaci?o.

Siendo Z el conjunto de los zopencos y {z} la interseccio?n de Z y de C’, reducida a un solo elemento. Como consecuencia de la sobreyeccio?n de los pies de z sobre los de y (elemento cualquiera de C’ diferente de z), se origina un conjunto V de vocablos pronunciados por el elemento z. Habie?ndose transformado el conjunto C” en no vaci?o, demostrar que se compone de un u?nico elemento z.

Sea ahora P el conjunto de los peatones que se encuentran delante de la estacio?n de Saint-Lazare, {z,z’} la interseccio?n de Z y de P, B el conjunto de los botones del abrigo de z, y B’ el conjunto de las posiciones posibles de dichos botones segu?n z’, demostrar que la inyeccio?n de B en B’ no es una biyeccio?n.

DEFINICIONES

En un gran vehi?culo automo?vil pu?blico destinado al transporte urbano, designado por la vige?simosegunda letra del alfabeto espan?ol, un joven exce?ntrico portador de un sobrenombre atribuido en Pari?s en 1942, con la parte del cuerpo que une la cabeza a los hombros extendida sobre una cierta longitud y que lleva sobre la extremidad superior del cuerpo una prenda de forma variable rodeada por un burdo cordo?n entrelazado en forma de trenza —este joven exce?ntrico, imputando a un individuo que iba de un sitio a otro la falta consistente en desplazar sus pies, uno tras otro, encima de los suyos, se encamino? a posarse sobre un mueble dispuesto para sentarse, mueble convertido en no ocupado.

Ciento veinte segundos ma?s tarde, lo vi de nuevo delante del conjunto de inmuebles y de vi?as ferroviarias donde se efectu?a el depo?sito de mercanci?as y la carga o descarga de viajeros. Otro joven exce?ntrico, portador de un sobrenombre atribuido en Pari?s en 1942, le daba consejos acerca de lo que le conveni?a hacer a propo?sito de un ci?rculo de metal, cuerno, madera, etc., cubierto o no de tela, que sirve para asegurar los vestidos, en este caso un vestido masculino que se lleva encima de los dema?s.

TANKA

Un bus vetusto ¡Zas!
Monta un mentecato
Hay zipizape
Ma?s tarde en Saint – Lazare Un boto?n como tema

VERSOS LIBRES

El autobu?s lleno
el corazo?n vaci?o

el cuello
largo
el cordo?n
trenzado
los pies planos planos y aplanados el sitio

vaci?o

y el inesperado encuentro junto a la estacio?n de mil luces apagadas del corazo?n, del cuello, del cordo?n, de los pies,
del sitio vaci?o
y de un boto?n.

TRANSLACIO?N

En el Y, en una horchata de tragedia. Un tirabuzo?n de unas treinta y dos aortas, sonajero flexible con coronel en lujuria de ci?rculo, cuentagotas muy largo como si se lo

hubiesen estirado. La geometri?a baja. El tirabuzo?n en culo se enfada con un vegetariano. Le reprocha que lo empuje cada viaducto que pasa alguien. Torbellino lloro?n con preces de mala identidad. Al ver un soberano libre se precipita sobre e?l.

Ocho horchatas ma?s tarde, lo encuentro en el plebiscito de Rusia delante de la estalactita de San Luis. Esta? con un compa?s que le dice: «Deberi?as hacerte poner un bozal ma?s en el a?bside.» Le ensen?a do?nde (en el escozor) y por que?.

LIPOGRAMA

Por la man?ana, un autobu?s S iba abarrotado. Al subir, vi alli? un muchacho portando un gorro con un cordo?n muy singular. Sin avisar, grito? como un loco malhumorado contra un individuo paci?fico: «¡Basta ya, bruto, Vd. va a ajar mis zapatos con tanto pisoto?n!» Mas al punto, como vio un sitio vaci?o, olvido? tal asunto.

A las dos horas, lo hallo al mismo hablando con un amigo: «Falta —los oigo concluir — un boto?n a tu abrigo. AquI?.»

ANGLICISMOS

Un dei a middei, yo teiko el bus y yo si?o un yungo manno con un greito necko y un hatto con una queinta leisa trenzados. De pronta este yungo manno bicoma creizsio y acciusa un respecteibol gentilmanno de tridarle los tosos. Luego este runo? a un unoccupiado pleis.

A una leita auar lo si?o aguein; ualkaba apo y dauno juma Seim Lasar steison. Un frendo le guivaba un advaiso sobre botton.

PRO?STESIS

Zuna bman?ana vhacia dmediodi?a, den ela aplataforma ztrasera zde hun tautobu?s, gno plejos ddel eparque Omonceaux, eobserve? fun ejoven, zcon pel pcuello sdemasiado mlargo, cque sexhibi?a hun tsombrero crodeado dpor zun agalo?n strenzado zen mlugar ede tcinta. Bde opronto tinterpelo? za psu svecino apretendiendo cque te?ste de rpisoteaba fadrede tcada gvez cque ssubi?a co zbajaban jviajeros. Baquel pabandono? tra?pidamente lla xdiscusio?n epara slanzarse nsobre hun tsitio avacI?o.

Galgunas choras pma?s atarde, rvuelvo la averlo ddelante ede ela aestacio?n tde Esaint-Blazare xconversando gcon hun tcompan?ero cque ele rdaba fconsejos gsobre hun mboto?n ede tsu aaaaaaaaaaaaaaaaaabriiiigo.

EPE?NTESIS

Uon di?ea haieia merediodi?a, eon lea plataforoma traseura die uan autoibu?s S, vai uin hombire eoan eul cunello demasitado larigo quie llevauba uin somibrero rodoeado pior uin galaa?n trenziado eun vaez die eeinta. Due prionto interapela? a sau veucino pretuendiendo quie easte lue pisuoteaba eaeda viez quie subai?an o bajuaban viajueros. Paero abanodona? ra?pidiamente lia discusisia?n pavra lanzuarse soibre uan siatio livbre.

Alagunas hoiras mais taurde, violvi? a vearlo detlante die lua estoacia?n die Savint- Lazxare hablaundo cuon uin eompan?aero quoe lie aconsaejaba subair uon pioeo eul bobta?n surperior die siu abriggggggggggggggggggo.

PARAGOGES

Unag man?anaz hacian mediodi?ar, enllaa platoformat traserau dev uno autobusi, viy uno jovenu coni unt cuellox demasiador largog quen llevabap ung sombrerox rodeadoo porb ung galo?ng trenzadok enx lugarx deu cintar. Def prontod, interpeloz ap unt vecinok pretendiendow quef e?steb len? pisotebaj adredep cadag vezq queh subi?ani oi bajabani viajerosi. Perof abandono?t lab discusio?ng parav lanzarsew sobrek unu sitiou librex.

Algunasu horasu ma?su tardeu, lou volviu au veru delanteu deu lau estacionu deu Saintu-Lazareu conversandu cono uno compan?erob queb leb aconsejabar hacerx subirt elq boto?nq superiorm dek suj abrigoooooooooooooooooooooo.

PARTES DE LA ORACIO?N

ARTI?CULOS: el, la, los, un, una, al.

SUSTANTIVOS: man?ana, mediodi?a, plataforma, autobu?s, li?nea, S, parque, Monceau, joven, cuello, sombrero, galo?n, lugar, cinta, vecino, pie, viajero, discusio?n, sitio, hora, estacio?n, sanCto), La?zaro, conversacio?n, compan?ero, escote, abrigo, sastre, boto?n.

ADJETIVOS: trasera, completo, rodeado, gran(de), libre, largo, trenzado.

VERBOS: ver, llevar, interpelar, pretender, pisotear, subir, bajar, abandonar, precipitar(se), volver, ver, decir, disminuir, hacer, subir.

PRONOMBRES: yo, e?l, se, —le, lo, el cual, que, e?ste. ADVERBIOS: poco, cerca, muy, adrede, ra?pidamente, ma?s, tarde. PREPOSICIONES: a, hacia, en, de, sobre, ante, con, por, en. CONJUNCIONES: que, o, pero.

META?TESIS

Van manan?a haica medoidi?a, en la platamorfa traresa de un aubotu?s, me jife? en un homrbe de culleo myu lagro y sombrore rodaedo de uan espeice de citnao De protno predenti?a qeu su venico le pitoseaba aderde. Pore etivando la pelae se prepicito? sorbe un sitoi lirbe.

Sod hosar sam tadre vovli? a velro detanle de la escatio?n de Siant-Lazare en comn?api?a de un pernosaje qeu le bada conjesos sorbe un tobo?n.

POR DELANTE POR DETRA?S

Un di?a por delante hacia las doce por detra?s en la plataforma por delante trasera por detra?s de un autobu?s por delante casi completo por detra?s, me fije? por delante en un hombre por detra?s que teni?a por delante un largo cuello por detra?s y un sombrero por delante rodeado por un galo?n trenzado por detra?s en lugar de cinta por delante. De pronto se puso por detra?s a gritarle por delante a un vecino por detra?s, que, segu?n le deci?a por delante, le chafaba por detra?s los pies por delante cada vez que subi?an por detra?s viajeros por delante. Despue?s fue por detra?s a sentarse por delante, porque un sitio por detra?s se habi?a quedado libre por delante.

Poco ma?s tarde por detra?s, volvi? a verlo por delante delante de la estacio?n de Saint- Lazare por detra?s con un amigo por delante que le daba por detra?s consejos sobre ropa.

NOMBRES PROPIOS

Un Domingo de Julio, tras hacer el Job esperando el Pegaso, no me encontre? alli? con Soledad precisamente, sino con Ma?ximo Robustiano, un Gil Narciso nada Calisto que llevaba el Cascorro sin Jacinta. De pronto, este Carlomagno se enfado?, Severo y Bruto, pero no Clemente ni Benigno, con un Simplicio Matusale?n muy Ca?ndido e Inocencia adema?s de Calvino, por culpa de Cayo Piso?n. Pero, tras llamarle Camelia, decide ponerse Co?modo.

Dos Horacios despue?s, cuando yo iba sentado con Pla?cido y Augusto, volvi? a ver a Goliat, junto a La?zaro, mientras Petronio le aconsejaba, Facundo y con mucho Demo?stenes, que fuera a Balenciaga para an?adirse a Oto?n.

PASOTA

O sea, que? palo, colega, el cacharro no veni?a ni de con?a. Y yo que llegaba tarde al curre. Y luego, que? alucine, que? pasote, iba lleno cantidad. Y me veo, o sea, un chorbo cantidad de pirao, con un sombrero cutre, mangui perdido. Y de pronto le dice a un pringao que lo estaba pisoteando, el muy plasta, que le habi?a dejado el pie chunga. De pena, colega. Jo, que? demasiao, que? fuerte. ¡No veas! Y en pleno mosqueo, al ti?o le da corte, pasa total y se larga a sentarse a toda hostia.

Y, o sea, dos horas ma?s tarde, vaya tela, colega, me lo veo enrollao con un tronco que le comi?a el coco dicie?ndole que estari?a guay con otro boto?n en la chupa.

De buten. ¿Vale o no vale, ti?o?

TICON TILA TITI

Tiutina timatin?atina tihaticia timetidiotiditia, tien tiel tiautitotibu?s tide tila tili?tinetia tietise tivi tiun tijotiven ticon tiun ticuetillo timuy tilartigo tiy tiun tisomtibretiro tirotidetiatido tipor tiun ticortido?n tien tilutigar tide tila ticintita. Tide tiprontito tiestite tiintitertipetilo? tia tiun tiveticitino tipretitentidientido tique tile tipitisotitetiatiba tiatidretide. Tipetiro tira?tipitidatimentite tise tifue tihaticia tiun tisititio tilitibre.

Tidos tihotiras timas titartide tilo tivueltivo tia tiver tidetilantite tide tila tiestitaticio?n tide tiSaint tiLatizare ticon tiun ticomtipatin?etiro tique tile tiaticontisetija tisotibre tiun tibotito?n.

ANTONI?MICO

Medianoche. Llueve. Los autobuses pasan casi vaci?os. Sobre el capo? de un Al que viene de la Bastilla, un viejo con la cabeza hundida entre los hombros que no lleva sombrero agradece a una sen?ora situada muy lejos de e?l que le acaricie las manos. Despue?s va a ponerse de pie sobre las rodillas de un sen?or que permanece sentado en su sitio.

Dos horas antes, detra?s de la estacio?n de Lio?n, este viejo se tapaba las orejas para no oi?r a un mendigo que se negaba a decide que le haci?a falta bajar un ojal el boto?n inferior de su calzoncillo.

LATI?N MACARRO?NICO

Sol erat in regionem zenithi et calor atmospherae magnissima. Sena tus populusque parisiensis sudabant. Autobi pasabant completi. In uno ex supradictis autobibus qui S denominationem portabat, hominem quasi juvenum, cum collo molto elongato et cum sombrero a cordincula trenzata circulato vidi. Iste junior insultavit alterum hominem qui proximus erat: pisoteat, inquit, pedes meos post deliberationem animae tuae. Tunc, sedem liberam vidente, cucurrit ibi.

Sol duas horas in coelo habebat descenditus. Sancti Lazari stationem ferroviariam pasante delante, jovenum supradictum cum alterum ejusdem calagniae qui arbiter elegantiarum erat et qui de uno ex botonis capae junioris consilium donabat vidi.

HOMOFO?NICO

Un ama en?e Ana debe era ano, ame dio di a, su vi ala plata forma tras era de? una unto bu u?sese. Esta haba mira ando a sombra do une efe boco?n sus hombre rorro de hado poros curo cor don. Degaulle peste mi istmo es tupido seca brea hipo oro poco y erre au?n vez y no Queneau es pera talco osa.

Do oso ora asma asta arde, ca vela esta accio?n des han la zar, una mi higo su yo lea con sed jaco ser oh tromba Oto?n ene Helga van.

Galicismos

Un jour hacia el midi, e?l me ha arribado de rencontrar sobre la plataforma arriera de un autobu?s de la li?n?ea Es un monsieur con un cou trop elongado y un chapeau tutafe? extraordinario. Este monsieur la? se ha metido a discutar con un otro monsieur en accusa?ndolo notamente de le pietinar sobre los pies expre?s; y menazaba de lui cassar la figura. Todo a golpe este meco como e?l ve una plaza libre, se precipita para alli? sentar.

Dos horas apre?s lo reveo sobre el trottero de Cour de Rome en tren de baladarse con un camarada que le daba de consejos para hacer meter un otro boto?n en su parasobre.

PARALOSS ENGLAYSAYS

Oonnah manyanah alass dowthay kohee oonowtoboos carsy komplaytoe end directheeon Changparay. Soobee day toedass phormass, ee bee oong hoeven (0noon kwayow lahrgo ee sumbrayroh roday are do poor oong cordong. Elm ease more hoeven say enfardoh kong oon soo hay tow egstupidowe. Loowaygo say send toe.

Poke owe mass tarday low enkwend trow end Leicester thea on day Sing Lahzahr ahcompany ado day oong dundea kay lay akon say her soo beer selb auton desure breed go.

CONTRE-PETTERIES

Una man?ana de verana, en un liobu?s de la autonea S, me tipe? en un fijo con un corro con gordo?n cintado en trez de venza. De puto se pronso a vetarle a un gricino que le pasoteaba sin pirar.

Al rabo del cato, ve lo meo otra vez compachando a un escun?ero que le bobla de un hato?n y e?l consechaba los escujos.

BOTA?NICO

Tras haber estado de planto?n, haciendo el berzas, bajo un girasol florido, me injerte? en una calabaza colectiva. Alli? desentierro un calabaci?n cuyo tallo habi?a crecido muy alto y con el melo?n coronado con una vaina rodeada por una liana. Este zanahoria de mala uva le dio para peras a un boniato que pisoteaba sus arriates chafa?ndole los da?tiles. ¡Relechugas! Para evitar una cosecha de castan?as que era mucho tomate para e?l, se fue a plantar en tierra virgen.

Ma?s tarde volvi? a verlo delante del invernadero de los forasteros. Pensaba en un esqueje de garbanzo, para encima de su corola.

ME?DICO

Tras una breve sesio?n de helioterapia, temiendo que me pusieran en cuarentena, subi? por fin en una ambulancia llena de casos cli?nicos. Alli? diagnostico un gastra?lgico, afectado de gigantismo agudo, con una curiosa elongacio?n traqueal y reumatismo deformante del cordo?n del sombrero. Este mongo?lico sufre de pronto una crisis histe?rica porque un cacoqui?mico le comprime su tilosis gonfo?tica; despue?s, tras un co?lico biliar, va a calmar sus convulsiones.

Ma?s tarde vuelvo a verlo junto al Lazareto, consultando a un charlata?n sobre un foru?nculo que desluci?a sus pectorales.

INJURIOSO

Tras una espera repugnante bajo un sol inaguantable, acabe? subiendo en un autobu?s inmundo infestado por una pandilla de imbe?ciles. El ma?s imbe?cil de estos imbe?ciles era un granuja con el gan?ote desmedido que exhibi?a un guita grotesco con un cordo?n en lugar de cinta. Este chuleta se puso a grun?ir porque un viejo chocho le pisoteaba los pimeles con un furor senil; pero enseguida se arrugo? larga?ndose a un sitio vaci?o todavi?a hu?medo del sudor de las nalgas de su anterior ocupante.

Dos horas ma?s tarde, que? mala pata, me tropiezo con el mismo imbe?cil que charra con otro imbe?cil delante de ese asqueroso monumento llamado la estacio?n de Saint- Lazare. Parloteaban a propo?sito de un boto?n. Me digo: aunque se suba o se baje el foru?nculo, mona se quedara?, el muy requeteimbe?cil.

GASTRONO?MICO

Tras cocerme de tanto esperar bajo un sol como para fundir mantequilla, acabe? subiendo en un autobu?s de color pistacho en el que los pasajeros bulli?an como gusanos en un queso pasado. En este plato de merluzas observe? un fideo con un cuello largo como un di?a sin pan y una galleta en la cabeza rodeada por un hilo de cortar mantequilla. Este macarro?n rompio? a hervir porque una especie de besugo al horno le trai?a frito exprimie?ndole, y le dejaba los pies hechos pure?. Pero ceso? ra?pidamente de charrar manda?ndole a frei?r espa?rragos, y se metio? en un molde que habi?a quedado vaci?o.

Iba en el autobu?s de vuelta haciendo la digestio?n, cuando, delante del restaurante de la estacio?n de Saint-Lazare, volvi? a ver al mismo pollo asado con un cochinillo que le daba una receta sobre co?mo debi?a aderezarse mejor. Y e?l se quedaba hecho un flan.

ZOOLO?GICO

En la pajarera que, a la hora en que los leones van a beber, nos transportaba hacia la plaza de Champerret, me fije? en un bicho raro de cuello de avestruz que llevaba un castor rodeado por un ciempie?s. De pronto, el jirafito se empezo? a espantar con el pretexto de que una bestezuela vecina le chafaba las pezun?as. Mas, para evitar que le sacudieran las pulgas, cabalgo? hacia una madriguera abandonada.

Ma?s tarde, delante del zoo, volvi? a ver al mismo pollito cotorreando con un pajarraco a propo?sito de su plumaje, el cual le deci?a co?mo podri?a quedarle ma?s mono.

IMPOTENTE

¿Co?mo expresar la impresio?n que produce el contacto de diez cuerpos apretujados en la plataforma trasera de un autobu?s S una man?ana hacia el mediodi?a por la calle de Lisboa? ¿Co?mo describir la impresio?n que causa contemplar un personaje de cuello disformemente largo, con un sombrero cuya cinta ha sido remplazada, sin saber por que?, por un trozo de cordo?n? ¿Co?mo reflejar la impresio?n que produce una pelea entre un tranquilo viajero injustamente acusado de pisotear adrede a alguien y este grotesco cualquiera, precisamente el personaje antes descrito? ¿Co?mo traducir la impresio?n que provoca la huida de este u?ltimo, disimulando su cobardi?a con el vil pretexto de aprovechar un sitio libre?

¿Co?mo relatar, por u?ltimo, la impresio?n que causa la reaparicio?n de este sujeto delante de la estacio?n de Saint-Lazare, dos horas ma?s tarde, en compan?i?a de un amigo elegante que le sugeri?a mejoras indumentarias?

MODERN STYLE

En un o?mnibus, una man?ana, hacia mediodi?a, me fue dado asistir a la pequen?a tragicomedia siguiente. Un petimetre, aquejado de un largo cuello, y, cosa extran?a, con un cordoncillo alrededor del bombi?n (moda que hace furor, pero que yo repruebo), pretextando de pronto una gran prisa, interpelo? a su vecino con una arrogancia que disimulaba mal un cara?cter probablemente pusila?nime y lo acuso? de pisotearle de forma sistema?tica sus escarpines de charol cada vez que subi?an o bajaban damas o caballeros dirigie?ndose a la puerta de Champerret. Pero el gomoso no aguardo? en absoluto una contestacio?n que sin duda le hubiese llevado al campo del honor y trepo? raudo a la imperial donde le esperaba un sitio libre, pues uno de los ocupantes de nuestro vehi?culo acababa de posar su pie sobre el blando asfalto de la calzada de la plaza Pereire.

Dos horas ma?s tarde, al encontrarme sobre la misma imperial, observe? al pisaverde del que os acabo de hablar, que pareci?a disfrutar sobremanera con la conversacio?n de un joven currutaco que le daba consejos superchic sobre la forma de llevar la esclavina en sociedad.

PROBABILISTA

Los contactos entre habitantes de una gran ciudad son tan numerosos que no deberi?amos extran?arnos si se producen algunas veces fricciones entre ellos, generalmente sin gravedad. He podido asistir recientemente a uno de estos encuentros desprovistos de amenidad que tienen lugar por lo general en los vehi?culos destinados al transporte colectivo de la regio?n parisina, en las horas de tra?fico. No hay nada sorprendente, por otra parte, en lo que he visto, teniendo en cuenta que suelo viajar asi?. Ese di?a, el incidente fue de poca monta, pero sobre todo lo que me llamo? la atencio?n fue la apariencia y el atuendo de uno de los protagonistas de este drama minu?sculo. Era un hombre au?n joven, pero con el cuello de una longitud probablemente superior a la media, y cuya cinta del sombrero habi?a sido sustituida por un galo?n trenzado. Cosa curiosa, lo volvi? a ver dos horas ma?s tarde mientras escuchaba los consejos de orden indumentaria que le daba un compan?ero con el que se paseaba de arriba abajo, y, con negligencia, diri?a.

Habi?a en este asunto pocas posibilidades de que se produjese un tercer encuentro, y de hecho, desde aquel di?a, no he vuelto a ver al joven, de acuerdo con las leyes razonables de la verosimilitud.

RETRATO

El estil es un bi?pedo de cuello muy largo que frecuenta los autobuses de la li?nea S hacia el mediodi?a. Prefiere, en particular, la plataforma trasera, donde permanece, mocoso, con la cabeza cubierta por una cresta rodeada, a su vez, por una excrecencia de un dedo de espesor, muy parecida a una cuerda. Sumamente irritable, ataca con facilidad a los ma?s de?biles que e?l, pero si topa con una reaccio?n un poco firme, huye al interior del vehi?culo donde intenta pasar desaparecido.

Se le ve tambie?n, pero mucho ma?s raramente, en los alrededores de la estacio?n de Saint-Lazare, en el momento de la muda. Conserva su piel vieja para protegerse del fri?o invernal, pero a menudo desgarrada para permitir que sobresalga el cuerpo; esta especie de abrigo debe cerrarse a bastante altura por me?todos artificiales. El estil, incapaz de descubrirlos por si? mismo, busca entonces la ayuda de otro bi?pedo de una especie afi?n, que le hace realizar unos ejercicios.

La estilografi?a es un capi?tulo de la zoologi?a teo?rica y deductiva que puede cultivarse en cualquier estacio?n.

GEOME?TRICO

En el paralelepi?pedo rectangular que se desplaza a lo largo de una li?nea recta de ecuacio?n 84 x+S=y, un homoide A que presenta un casquete esfe?rico rodeado por dos sinusoides, sobre una parte cili?ndrica de longitud 1 >n, presenta un punto de interseccio?n con un homoide trivial B. Demostrar que este punto de interseccio?n es un punto de inflexio?n.

Si el homoide A encuentra un homoide homo?logo C, entonces el punto de interseccio?n es un disco de radio r<l. Determinar la altura h de este punto de interseccio?n en relacio?n al eje vertical del homoide A.

PALETO

Pos anque no tenia encasi niun rial ni desos cachocartones pal viaje ni na?, me subi? ala camioneta. Aluego questaba drento del carromato queicen en la capital autobu?s,

tuavi?a pude ir sentao yto? anque to repretao, medio ringao y to tieso. Pos tuve de pagar y con pacencia me pongoservar al personal cabi?a alredor, yascucha, pos no me veo un cangallo?n con un cacho guito asurdo del to. No sus figura?is que piazo pescuezo teni?a. Una risio?n. El sombrero con una guita trenza? lo mesmo que la dun melitar, tiaseguro. Y dempue?s, de golpe y porrazo, ca?tate que semita con una probe presona que no hubia? guantao muncho ma?s, anque mia? por onde de seguida dimpue?s desto apreta correr el cangallo?n huyendo comuncuete asentarse.

Gu?eno, pos unaesas cosas que pue que nama?s pasan en la capital. Siguro que naide hubia? adevinao quiba topa?rmelo otro viaje, el cangallo?n. Aluego, noma?s dos horas dimpue?s delanteun edeficio comuna catredal de grandismo. Menu?o. Aistaba el cangallo?n dantes pasia?ndose darriba pabajo conotro gandul, asi?n como e?l. Ascucha loqueleida lotro gandul asi?n como e?l. Pos 10tro gandul asi?n comoe?lleida: «Me paice de verda?, leida, que te seri?a mes ter dir hacerte poner el boto?n de la zamarra una miaja ma?s enlualto, pa que fua ma?s majo.» Eso leida al cangallo?n el gandul asi?n comoe?l.

INTERJECCIONES

¡Pst! ¡eh! ¡ah! ¡oh!¡hum! jaja?! ¡uf! ¡anda! ¡caramba! ¡co?rcholis! ¡pchs! ¡puaf! ¡ay! ¡au! ¡uy! ¡eh! ¡ojo! ¡epa! izas!

¡Mira! ¡ehl ¡bah! ¡oh! ¡ah! ¡bueno!

Amanerado

Eran los aledan?os de un julio meridiano. El sol reinaba con todo su esplendor sobre el horizonte de mu?ltiples ubres. El asfalto palpitaba dulcemente, exhalando ese tierno aroma de alquitra?n que origina en los cancerosos ideas a la par pueriles y corrosivas sobre el origen de sus dolencias. Un autobu?s, de librea verde y blanca, blasonado con una enigma?tica S, vino a recoger, junto al parque Monceau, un pequen?o pero agraciado lote de viajeros candidatos a los hu?medos confines de la disolucio?n sudori?para. En la plataforma trasera de esta obra maestra de la industria automovili?stica francesa contempora?nea, donde se amontonaban los transbordados como sardinas en lata, un pillastre que frisaba la treintena y que llevaba, entre un cuello de una longitud cuasi serpentina y un sombrero cercado por un cordoncillo, una cabeza tan sin gracia como plu?mbea, alzo? la voz para lamentarse, con amargura no fingida y que pareci?a emanar de un frasco de genciana, o de cualquier otro li?quido de propiedades semejantes, de un feno?meno consistente en empujones reiterados que, segu?n e?l, teni?an como causante a un cousuario presente hic et nunc de la S. T. C. R. P. Y le dio a su lamento el tono agrio de un viejo vicario que se hace pellizcar el trasero en un mingitorio y que, por excepcio?n, no le apetece en absoluto tal delicadeza y no entra por uvas. Pero, al descubrir un sitio libre, se lanza en pos de e?l.

Ma?s tarde, cuando el sol habi?a bajado ya algunos peldan?os de la monumental escalera de su parada celeste, y cuando de nuevo me haci?a vehicular por otro autobu?s de la misma li?nea, observe? al mismo personaje descrito anteriormente movie?ndose en la plaza. de Roma de forma peripate?tica en compan?i?a de un individuo eiusdem estofae que le daba, en esta plaza consagrada a la circulacio?n automovili?stica, consejos de una elegancia tal que no iba ma?s alla? de un boto?n.

INESPERADO

Los amigos estaban sentados alrededor de una mesa de cafe? cuando Alberto se reunio? con ellos. Estaban Renato, Roberto, Adolfo, Jorge y Teodoro.

—¿Que? tal? pregunto? cordialmente Roberto. —Bien, dijo Alberto.
Llamo? al camarero.
—Para mi? que sea un pico?n, pidio?.

Adolfo se volvio? hacia e?l:
—Pues bien, Alberto, ¿que? hay de nuevo?
—No mucho.
—Hace buen tiempo, dijo Roberto.
—Un poco fri?o, dijo Adolfo.
—Mira, hoy precisamente he visto una cosa curiosa, dice Alberto.
—Pues para mi? que hace calor, dijo Roberto.
—¿Que?? pregunto? Renato.
—En el autobu?s, al ir a comer, respondio? Alberto.
—¿En que? autobu?s?
—En el S.
—¿Y que? es lo que has visto? pregunto? Roberto.
— He tenido que esperar que pasaran lo menos tres para poder subir.
—A esa hora no es nada raro, dijo Adolfo.
—Y, entonces, ¿que? es lo que has visto? pregunto? Renato.
—I?bamos apretujados, dijo Alberto.
—Buena ocasio?n para meter mano.
—¡Bah! dijo Alberto. No se trata de eso.
—Pues, venga, cuenta.
—A mi lado habi?a un tipo raro.
—¿Y co?mo era? pregunto? Renato.
—Alto, delgado, con un cuello raro.
—¿Por que?? pregunto? Renato.
—Como si se lo hubiesen estirado.
—Una elongacio?n, dijo Jorge.
— Y el sombrero… ahora que me acuerdo: un sombrero raro.
—¿Por que?? pregunto? Renato.
—Sin cinta, pero con un galo?n trenzado alrededor.
—Que? curioso, dijo Roberto.
—Adema?s —continuo? Alberto—, era un buscapleitos, el tipo.
—¿Y por que?? pregunto? Renato.
—Se puso a encabronar a su vecino.
—¿Y por que?? pregunto? Renato.
—Deci?a que le pisoteaba.
—¿Adrede? pregunto? Roberto.
—Adrede, dijo Alberto.
—¿Y luego?
—¿Luego? Fue a sentarse, sin ma?s.
—¿Eso es todo? pregunto? Renato.
—No. Lo ma?s curioso es que lo he vuelto a ver dos horas ma?s tarde.
—¿Do?nde? pregunto? Renato.
—Delante de la estacio?n de Saint—Lazare.
— ¿ Y que? pintaba alli??
—No lo se?, dijo Alberto. Se paseaba de arriba abajo con un amigo que le haci?a notar

que el boto?n de su abrigo estaba colocado demasiado bajo.
—Es exactamente el consejo que le he dado yo, dijo Teodoro.

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